domingo, 31 de agosto de 2025

La piel que habitan…


La habitación olía a náusea. Enredado entre sábanas y almohadas, sentía la invasión de otra piel masculina. Palmas lascivas, sudorosas, impregnadas de ese aroma marítimo orinario de colonia y ron, le revolvían el estómago como un presagio indeseado.

Sabía que era hermoso —un Adonis con el porte de Glenn Ford—, pero esa hermosura era su prisión. Su cuerpo existía sólo como tatuaje en el brazo de Freddy, el joven que lo portaba como símbolo del deseo. Estar tatuado en piel ajena era una condena: libertad para amar a una mujer, ninguna.

Una y otra vez intentó desvanecerse, disolverse de esa carne. Pero siempre despertaba en el estudio del tatuador, inmóvil, mientras cientos de pinchazos le inyectaban tinta fresca. Una transfusión dolorosa que borraba su huida. Una y otra vez, resucitaba. Reencarnaba en su propio tormento.

Julio abrasaba la calle; el sol quemaba la piel de la ciudad, y una marea multicolor avanzaba al son de carrozas y música estridente. “YMCA” retumbaba con fuerza, como una pulsión festiva. Freddy caminaba justo frente a una carroza adornada con banderas arcoíris. Imitaba con los brazos los movimientos de la canción: de YE a EME a CE a A. Entonces tropezó.

Una lesbiana alta y firme apareció en su camino, y en su antebrazo, como un relámpago, surgió la mujer tatuada más deslumbrante que hubiera visto: una diosa entintada, digna de Gilda, irradiando deseo imposible.

Los ojos del hábil tatuaje en su interior se abrieron como los de un lobo al acecho de Caperucita Roja. El deseo se le incrustó como una ráfaga febril. Y cuando la divina figura se desvaneció, el hombre tatuado mordió la piel de Freddy. No para asustarlo, sino para obligarlo a avanzar, arrastrarlo hasta ella, a rozarla de nuevo.


*   *   *   *

  Al subir la manga, Freddy sintió un vértigo sutil. Miró su piel, incrédulo: su hermoso tatuaje había desaparecido, como si se lo hubiese tragado la tinta misma. Y al levantar su manga, la lesbiana también se encontró con una visión distinta: ya no lucía una diva desnuda adornando su piel. En su lugar, había dos cuerpos—un hombre y una mujer—entrelazados en un abrazo erótico, una imagen única de ardor y complicidad. El tatuaje había saltado, se había fundido con la figura de Gilda y ahora compartían el mismo brazo en un solo diseño, un acto de amor humano, carnal, definitivo.  

domingo, 24 de agosto de 2025

Llaves sobre la mesa


 

Cada vez que oía las llaves de mi esposo caer sobre la mesa del recibidor, sentía una contracción en el vientre. Ese sonido era mi señal de alerta: mi espacio perfecto había sido invadido. Tenía que cerrar el libro, borrar el rastro de paz de mi rostro, ponerme la sonrisa matrimonial y salir a representar mi papel. El de la buena esposa.

No odiaba a mi marido, no deseaba a otro hombre ni suspiraba por oportunidades perdidas. Lo que no soportaba era esta condena perpetua a la repetición: los días idénticos, los silencios domesticados, la coreografía monótona del matrimonio. Me asfixiaban las pequeñas renuncias que se fueron acumulando durante diez años hasta encadenarme al tedio.

—Debo partir esta noche al campo. Vine por el maletín y el paraguas —me dijo aquel martes, mientras colocaba el cobertor de hule a su sombrero—. No sé cuándo volveré. Tal vez en tres o cuatro días. Con seguridad, el viernes para la cena.

Me besó ambas manos antes de marcharse. En cuanto oí cerrarse la puerta, mi corazón latía con una euforia difícil de disimular. Iba a estar sola. Libre. Me permití imaginarlo muerto. Imaginé el ataúd, su rostro helado, azulado, inmóvil. Me vi recibiendo condolencias, vestida de negro absoluto, con velo incluido… para disimular el brillo en los ojos.

El viernes llegó demasiado pronto. Puse la mesa sin entusiasmo, mientras me preparaba mentalmente para soportar el ritual de siempre: contar, una por una, las lágrimas de la araña del techo, mientras él me penetraba con parsimonia victoriana. Pero las diez dieron y él no llegó. No me inquieté. Recogí la cena en silencio y me acosté explayada en el centro de la cama, mi lugar favorito del universo.

Pasaron más noches. Luego semanas. Y yo, feliz.

Tomaba el desayuno en la cama, con el libro aún abierto sobre las sábanas. El colchón comenzaba a hundirse justo en el medio, y esa hendidura me hacía sentir como en un nido hecho a mi medida. Aquel hueco era mi emblema, mi victoria: la evidencia corpórea de una viudez cómoda, dulce y absolutamente mía.

Caminaba por la ciudad sin dar explicaciones, paseaba por plazas y librerías. No existía ansiedad en mí. Sólo en los breves momentos en que recordaba su última sonrisa.

Esa sonrisa. La que asomó por la puerta antes de irse. ¿Y si no había muerto? ¿Y si estaba por ahí, acechando?

Una tarde, en una librería, me descompensé. Sentí un sudor frío y una ráfaga de pánico.

—¿Está usted bien, señora? ¿Quiere que llame a su esposo? —preguntó un dependiente.

—Estoy bien —respondí, con más seguridad de la que sentía—. Soy viuda.

A veces lo veía. O creía verlo. En un parque, en un tranvía, en un reflejo fugaz. Siempre esa sonrisa, flotando entre la multitud como un anzuelo, como una amenaza. En la iglesia, ni siquiera arrodillada frente a una vela, podía evitar que se me helara el alma. Una vez, el sacristán me agarró justo a tiempo. Estuve a punto de rodar por las escaleras del atrio, confundida por aquella cara que no dejaba de perseguirme.

Esa noche hacía frío. Marqué la página de mi libro, me puse el mantón sobre los hombros y salí a echar un leño al fuego. Me serví una copa de whisky, puse un disco en el gramófono. Tarareaba, bailaba sola, envuelta en mí misma, en mi vida al fin mía.

Y entonces, ocurrió.

Un sonido.

Aquel sonido.

Las llaves de mi esposo cayendo sobre la mesa del recibidor.

Un espasmo me partió el pecho en dos.

Supe, antes de voltear, que mi espacio perfecto acababa de ser invadido.
- Fin-

Versión original publicada el 15 de octubre de  2014
Versión revisada en primera persona 24 de agosto de 2025

Letras y flores


Aunque su padre era andino, Julia nunca había pisado el suelo de Trujillo. Lo conocía apenas por relatos lejanos, retazos de infancia ajena, y nombres que resonaban con acento de neblina: Jajó, Boconó, Niquitao, Escuque…
Sin embargo, si pretendía escribir sobre ese rincón del país, tendría que hacerlo desde la distancia, y su única brújula posible era Google Earth.

Escribió “Trujillo, Venezuela” en la barra de búsqueda. El planeta giró y luego se precipitó en picada.
La imagen descendía con tal rapidez que un leve vértigo le agitó el estómago, como si su cuerpo hubiera olvidado que seguía anclado al suelo.
En un parpadeo, el azul del globo se transformó en un tapiz verde de texturas irregulares: el relieve del páramo, cubierto con polvos de esmeralda.

Desde esa vista cenital, la ciudad de Trujillo parecía una cicatriz rojiza, cosida con tejados de barro que rompían el manto vegetal para henderse como una herida antigua, incrustada entre las montañas.

Julia descendió más.
Como un ánima digital, sobrevoló los contornos de la ciudad, planeó sobre las plazas frondosas, rozó con la mirada las líneas blancas que remendaban las carreteras, los árboles que escoltaban las calles, los techos coloniales como fragmentos de historia detenida.
Se alzó de nuevo, serpenteó por caminos que cortaban la montaña como venas, y se posó como un ave extasiada sobre el hombro de la Virgen de la Paz. Desde allí, el mundo era un puñado de valles dormidos, sembradíos que trepaban las laderas con geometría asimétrica, montes cubiertos de un silencio fresco.

Quedó maravillada.
Pero también insatisfecha.

No bastaba con verlo así, a través del vidrio frío de la pantalla. Para escribirlo de verdad, para sentirlo y contarlo, necesitaba oler la tierra, mojarse los pies con el rocío del amanecer, escuchar los grillos entre la neblina, acariciar la humedad de una hoja recién caída, llevarse al pecho un puñado de hierba mojada y aspirar su esencia hasta tatuarse el alma con la memoria de ese instante.

Entonces, entendió que no estaba sola.
Que escribir era también un acto de fe.

Le hizo una promesa a la Virgen de la Paz. A cambio de la gracia de la inspiración, le ofreció sus letras. Le prometió letras y flores. Le juró que iría hasta ella, que haría el peregrinaje, que la vería de frente, inmensa y serena, y se rendiría a sus pies con cuaderno en mano.

Y así fue como, entre los ecos de esa promesa, Julia comenzó a escribir.
No desde el teclado.
Desde el alma.

Versión original 26 de septiembre de 2012
Versión revisada 24 de agosto de 2025

Un zoológico en el cielo de Niquitao


Julia yacía sobre la grama húmeda de una ladera del páramo trujillano. Con los codos hundidos en la tierra blanda, apoyaba la cabeza sobre las palmas abiertas y mordisqueaba distraídamente una ramita, mientras su mirada se perdía en la vastedad del cielo de Niquitao.

No había, pensaba, luz en el planeta que pudiera compararse con la de aquel rincón de mundo. Era una luz líquida, casi sagrada, que lo bañaba todo con una tibieza etérea. Tampoco había nubes como esas: esparcidas, sí, pero no inertes; eran formas vivas, espumas en movimiento, criaturas del aire que desfilaban como si supieran que alguien las observaba desde abajo con ojos asombrados.

Recordó entonces los juegos de infancia con su hermano menor. Ambos, tendidos boca arriba sobre alguna colina, intentaban descifrar qué bestias se ocultaban en la espuma del cielo.
—¡Mira Julia! ¡Esa de allá es una ovejita! —gritaba él, señalando con su pequeño dedo lo que a él le parecía una mota de algodón con patas.
Y ella reía, aunque en realidad veía un dragón o una tortuga o un barco con velas de azúcar.

Pero estas nubes… estas eran distintas. No eran las figuras blandas y borrosas de la infancia. Eran intensas, tridimensionales, casi táctiles. Vivían. Palpitaban. Se disfrazaban.
Una de ellas, por ejemplo, parecía un oso —eso estaba claro—, pero no cualquier oso. Llevaba antifaz, como un forajido juguetón. Más allá, flotaba un ave majestuosa que intentaba ocultar su calvicie con una especie de boina blanca.
—¿Será un cóndor? —musitó Julia, entre risas— Sí, definitivamente se parece a Condorito.

El cielo entero se había transformado en una pasarela aérea donde los animales del páramo desfilaban vestidos de niebla. Un mapache de hocico alargado —un coatí andino, reconoció ella de las revistas de la posada— se movía entre nimbos de dos tonos. Osos frontinos, lapas sigilosas, salamandras de trémulos contornos, pecaríes de collar, venados sutiles, gallitos de la sierra con plumajes vaporosos. Todos parecían recién liberados del pincel de algún dios juguetón.

Julia los contaba, los nombraba en silencio. Era como si el arca de Noé se hubiese soltado en lo alto de La Teta de Niquitao y ella, única testigo del prodigio, tuviera la tarea sagrada de hacer el inventario.

Fascinada, quiso tocarlos. Comprobar que no soñaba. Se incorporó, sacándose de la boca el tallo que había estado mordiendo.

Solo entonces, al ver su forma retorcida, al sentir el sabor amargo aún en la lengua, comprendió que no era una simple ramita lo que había estado masticando. No.

Era el tallo de un hongo.

Y fue así como el cielo de Niquitao se convirtió, por obra del azar y de la psilocibina, en un zoológico de nubes que solo ella pudo ver.

Versión original 26 de septiembre de 2012
Versión revisada 24 de agosto de 2025

Un barco inspirador

Aunque la escuelita se encontraba cerro abajo, escondida tras centenares de escaleras y laberintos de bloques desnudos bajo techos de zinc, su modesto jardín de infancia no había logrado franquear la frontera invisible que separaba la humilde zona de Catia del resto del mundo.

Él no tenía juguetes, nada más que su imaginación para tejer universos fantásticos. Por eso, cuando vio aquel dibujo hecho por otro niño, se sumergió en un sueño de papel y acuarelas, donde un loro parlante era su amigo fiel, un parche cubría un ojo aventurero y una barba, curva y suave como pincel, coloreaba de azul profundo los mares lejanos.

Quedó fascinado con aquel barquito tricolor, y sintió cómo su ombligo se ensanchaba, abriendo un hueco ansioso en la panza, un vacío que pedía ser llenado de sueños.

—¿Me regalas el dibujo? —preguntó con una mezcla de esperanza y timidez.

—No. Solo quieres mi barco para decir que tú lo pintaste —replicó el niño, con la voz afilada por la sospecha.

Cuanto más intentaba explicarle que no buscaba usurpar la autoría, más fuertes se volvían los gritos del pequeño acusador, que pronto desataron un coro de voces agudas, lanzándole dardos de impostura. La impotencia líquida le llenó entonces el agujero del ombligo, y para ocultar las lágrimas que amenazaban con escapar, echó a correr sin mirar atrás.

. . . . .

Treinta años después, caminaba por las calles del Centro de Caracas. Se detuvo ante una agrupación de músicos que tocaba en la plaza. No fue la melodía lo que atrapó su atención, sino el rojo vibrante de sus atuendos, tan intensos que más parecían Diablos de Yare que una simple camerata.

Sus pensamientos, teñidos de melancolía, fueron interrumpidos abruptamente cuando un Guardia Nacional le sujetó el brazo y preguntó:

—¿Jacobo? ¿Jacobo Borges? ¿No me recuerdas? —dijo aquel hombre vestido de oliva, con un leve destello en la mirada.

—Disculpa, la verdad es que no —respondió el pintor, intentando desentrañar aquella presencia.

—Soy el niño al que le pediste el dibujo del barquito para decir que tú lo habías pintado.

—¡Claro que me acuerdo! —exclamó, emocionado— Ven aquí, hombre, un abrazo.

. . . . .

La música en la plaza se convirtió en el marco perfecto para las reflexiones del artista. Mientras se alejaba lentamente, se preguntaba una y otra vez: «¿Por qué fui yo quien se convirtió en pintor?»

Pasado un rato, todo se iluminó con una certeza tranquila: «Porque siempre supe que pintar era lo que quería hacer en la vida.»

Y con esa respuesta, el vacío en su ombligo se llenó de un cosquilleo cálido, dibujándole en el rostro una sonrisa amplia, orgullosa, de pirata.

Versión original 22 de octubre de 2011
Versión revisada 24 de agosto de 2025

Prólogo a una fosa común.

     Esta escena se repetiría demasiadas veces luego de la guerra civil española durante la dictadura de Francisco Franco. Las cárceles, atiborradas de opositores al régimen, eran el prólogo a una fosa común.

Texto basado en una escena de la película La voz dormida de Benito Zambrano.

*   *   *   *

Los tacones golpeaban el suelo mojado con paso firme, y el eco reverberaba en las paredes frías del corredor. Dos reverendas, envueltas en hábitos negros, precedían a cuatro carceleras. El grupo se desvanecía en la penumbra para reaparecer a intervalos bajo la luz tenue de cada lámpara, hasta alcanzar el fondo del pasillo. Un portón de hierro chirrió al abrirse, y entraron en el recinto.

Más allá, tras los barrotes de una pequeña ventana, coronados por rollos de alambre de púas, se alzaban los muros implacables de la prisión.

Un coro de voces quebradas se elevaba en plegaria:
«Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, amén».

Una joven se incorporó del rincón oscuro, asomando la mirada sobre decenas de cabezas encapuchadas, ocultas no solo por mantas, sino por sombras y oraciones que colmaban la gran celda. Con un susurro quebrado, apenas audible entre sollozos, dijo:

—Ya vienen.

Una de las mujeres, acurrucada en el suelo, intentaba fundirse con el cemento frío, murmurando entre jadeos:

—No puede ser...

Al otro lado de los barrotes, las religiosas y custodias detuvieron su avance. La madre superiora golpeó dos veces con fuerza, y su voz resonó con autoridad:

—¡Atención, internas! La que se vaya nombrando, que salga y forme fila.

Una carcelera sacó un cuaderno y comenzó a leer con voz grave:

—Teresa Blanco Martín, Ángeles Domínguez Torres, Ramona López Díaz, Juana...—

Al fondo, los rezos continuaban, como un hilo frágil que sostenía las vidas al borde del abismo.

La mujer que lloraba encogida preguntó con voz trémula a sus compañeras:

—¿Han dicho mi nombre?

Los gemidos se multiplicaron. Algunas se taparon la boca para ahogar sus gritos.

La frente de la mujer se surcó en arrugas de desesperación, las cejas se arquearon en un gesto de dolor, y el temblor de sus labios dibujó un rostro quebrado por el miedo. Sus ojos, espejos de lágrimas, brillaban con destellos de luz trémula. Repetía, una y otra vez, entre llantos:

—¿Han dicho mi nombre?

Luego, con la resignación del cordero, susurró:

—Pero si yo no he hecho nada. No he hecho nada. Solo iba a la casa del club a bailar, lo he dicho mil veces, no he hecho nada.

Jadeaba, gemía, ahogaba sus lamentos, mientras sus compañeras, con manos temblorosas, la desvestían. Retiraban un suéter de lana oscura, sucio y desgastado. La joven divagaba:

—El que tenía el revólver era mi novio, yo solo iba a bailar... porque me gusta bailar.

Le cubrían con una vestidura gris. Ella suplicaba:

—Déjenme... yo no he hecho nada.

Intentó ponerse de pie y exclamó, humillada:

—¡No puedo! Hortensia, no puedo moverme, me he orinado...

Rompió a llorar y sus compañeras la sostuvieron, unidas en la dolorosa hermandad del miedo.

Ya de pie, con la voz quebrada, exclamó:

—¡Ay, mi madre! ¡Mi pobre madre! Se está quedando sin hijos— mientras sus compañeras le colocaban un pesado abrigo —. Que alguien le diga a mi madre que la quiero mucho.

Lloraba casi histérica. Entonces, Hortensia la tomó del rostro y, con dulzura férrea, le dijo:

—Ángeles, no dejes que te vean llorar, vida mía. No les des ese gusto.

Besó su mejilla, tomó su brazo y la condujo hasta la reja. En el camino, abrazos furtivos, manos temblorosas y gemidos de despedida se entrelazaban en un último suspiro.

Sombras humanas tiritaban junto a la base de un enorme paredón blanco. Arriba, centenares de orificios oscuros salpicaban la pared, como un negativo del cielo negro y estrellado que extendía la noche.

Doce pares de ojos condenados miraban suplicantes a un igual número de soldados, inmóviles, aguardando la orden que desataría la muerte.

Ángeles, en el centro de la fila, mostraba un rostro pálido y una mueca que congelaba el horror y la incredulidad.

Una voz firme mandó:

—¡Carguen armas!

—¡Apunten!

—¡Fuego!

Los cuerpos cayeron al unísono, desplomados en la tierra fría. Un oficial se detuvo frente a cada uno, para cerrar con un disparo la historia de cada vida.

Dentro de la celda, Hortensia miraba hacia la ventana enrejada. Quizás había oído la ráfaga del pelotón, quizás se preguntaba cuándo sería su turno.

La noche se cerró con un silencio que pesaba más que la muerte misma.

─ Fin ─

Versión original 19 de mayo de 2012
Versión Revisada 24 de agosto de 2025

El bucare de la vida

El destino no quiso que el viento soplara hacia los verdes campos de las haciendas del valle. En cambio, depositó una semilla de bucare en lo alto de un risco escarpado, en un olvidado pueblo trujillano. Allí, contra todo pronóstico, germinó un pequeño árbol que pendía al borde de un acantilado en La Loma de Escuque.

El árbol se negaba a crecer. Temía despeñarse, temía que su propio peso y altura lo lanzaran al vacío, hecho trizas en el fondo insondable del precipicio. Era un acto desesperado y vano, una resistencia muda para evitar la caída inminente.

Temblaba con cada aguacero, porque la lluvia intensa aflojaba sus frágiles raíces, que, pequeñas y temerosas, no encontraban asidero en la inhóspita roca. La tierra le era enemiga y el viento, un juez implacable.

Una noche, el aguacero fue tan feroz que el pequeño bucare vio su fin acercarse. Alzó sus ramas al cielo como quien implora una misericordia imposible, y comenzó a rezar.

—Me habría gustado crecer grande y frondoso, dar sombra a los cafetales y ser refugio para los pájaros —susurró, con voz quebrada—. En cambio, moriré aquí, olvidado, sin que nadie vuelva a mirarme.

Un trueno profundo respondió, precedido por un rayo que, como una daga de luz, se clavó al pie del árbol.

—Todos los seres del mundo son especiales —musitó el trueno.

—¡No me dejes caer! —rogó el bucare, doblándose hacia el abismo.

Pero era demasiado tarde. La roca a la que se aferraba cedió, y el árbol se desplomó.

. . . . .

Con las primeras luces del alba, un hombre salió a caminar por las sendas que bordearon La Loma. Viejo artesano, buscaba madera noble para sus tallas. A lo lejos, un ramaje salpicado de flores anaranjadas llamó su atención. Al acercarse, una sonrisa serena iluminó su rostro mientras rodeaba el hallazgo con gesto reverente.

Sacó de su mochila una cuerda, ató con cuidado al pequeño bucare y lo llevó a su taller.

Durante meses trabajó con devoción. Acanaló, modeló, cinceló, martilló, labró, grabó, curvó, lijó y talló el tronco del árbol hasta que, de aquella madera, brotó un magnífico niño. La creación más perfecta que su vida hubiera visto.

Una fría tarde de enero, en medio de los Andes trujillanos, mientras un río de fieles avanzaba hacia la iglesia para venerar al Niño Jesús de Escuque, el artesano pulía su obra con manos temblorosas. Conmovido por la perfección de la talla, deseó con fervor que aquel niño de madera se volviera niño de carne y hueso.

Entonces, de los pequeños ojos del bucare transformado en criatura, brotaron lágrimas de amor.

Versión original 12 de marzo de 2012
Versión revisada 24 de agosto de 2025

viernes, 25 de julio de 2025

Donde bailan las nubes


   



   En un rincón alto de Galicia, donde las colinas besan el cielo y la lluvia canta himnos antiguos sobre los prados, una muchacha miraba por la ventana del autobús como quien descubre el mundo por primera vez.

   Sus ojos no eran simples ojos: eran brújulas del alma, capaces de detenerse en un corazón blanco flotando entre las nubes y lanzarle flechas de asombro. Las nubes, que para otros eran sólo vapor pasajero, para ella eran países, castillos, felinos místicos… Venezuela con el Esequibo incluido —como debe ser—, un gato en postura de oráculo, una fortaleza de infancia.

   Ella no sabía si existían otros ojos capaces de ver lo mismo. Tal vez, en algún rincón del planeta, otro ser humano lloraba conmovido por el mismo tono verde milagro que pintaba los campos gallegos. Tal vez alguien más se estremecía al ver esas cortinas de lluvia a lo lejos, como velos que cubrían la tierra con amor maternal.

   Comparaba —sin buscar competir—. Frailejones de su memoria, erguidos como guardianes en los Andes, con los arbustos gallegos cuyo nombre le era ajeno pero cuyo perfume reconocía con el corazón. Veía árboles amarillos y pensaba en los araguaneyes, aquellos soles de Caracas que estallan cada marzo en plena sequía, como una rebelión floral.

   El autobús avanzaba por caminos curvos, como si bailara una danza antigua entre montañas y pueblos de piedra. Y en su mente, Venezuela y Galicia entrelazaban las manos y bailaban una gaita suave, una melodía que no conocía fronteras.

   El sueño la fue envolviendo, como una niebla dulce. En su pecho, dos tierras se abrazaban, dos cielos se confundían, y las nubes —esas nómadas del alma— le prometían que el hogar no siempre es un lugar, sino una mirada.

   Y así, con los párpados cerrados y el alma abierta, se quedó dormida. Allá afuera, el mundo seguía girando, pero dentro de ella… ya todo había encontrado su sitio.

El mundo que pediste

   


Qué hermoso es el mundo que imaginas para Bebé. Un lugar suave, construido con palabras dulces y días sin prisa. Pero no lo soñaste sola. Cuando la voz se te quebró y pediste ayuda —en plural, sin manual, sin advertencia—, apareció un coro de mujeres. No preguntaron por qué. Solo supieron que había un niño y una madre que no debía dejar de ser también creadora.

   Y entonces, tejieron turnos invisibles, desplazaron rutinas, silenciaron sus propios cansancios para cuidar a Bebé con manos de abuela y ternura de hermana. Lo arroparon como se arropa a un hijo propio, porque sabían —como solo sabe quien ha sido madre o ha amado a una— que cuando cuidan a tu hijo, también te están salvando a ti.
   Pero ese mundo también tiene esquinas afiladas. Entre el amor compartido y las tareas suspendidas, se colaron zarpas inmerecidas, palabras que mordieron sin razón, como si la ternura ajena irritara a quienes nunca supieron darla.

   Y aun así, en medio de todo, Bebé crece querido. Su madre, un poco más entera, y el coro de mujeres tristes y desoladas por el golpe injusto. Pero de pie, como siempre, porque cuando se tiene un hijo, se tienen todos los hijos del mundo.



miércoles, 11 de noviembre de 2015

Vuelo con mi dragón


     Era de esperarse que el puto Murphy moviera sus hilos maléficos para darme el premio a mí, el único anormal de la escuela de biología al que no le interesaba en lo más mínimo el sorteo del viaje a Indonesia.

     A mi no me gusta socializar, ni montarme en avión, ni las playas, ni la arena; soy un nerd solitario al que todo le molesta, todo le incomoda. Prefiero quedarme en el confort del laboratorio haciendo mis experimentos clandestinos para crear plantitas nuevas, plantitas lindas, espirituosas, poderosas; plantitas genéticamente superiores, cruces psicodélicos de semillas Sativas con Índicas.

     En fin, la Universidad de Oviedo sorteó un taller sobre biodiversidad y conservación que incluía, nada más y nada menos, que un viaje a Indonesia Central, específicamente a la Isla de Komodo.

     Y ahí me encontraba yo, pasando el calor hereje, sudando la gota gorda en medio de la perorata memorizada del guía de la expedición, y con los pies llenos de ampollas por la interminable caminata, a ver si por casualidad, de lejos, le tomábamos una foto al casi extinto dragón. El dragón de Komodo.

     No quise seguir en esa agonía y me quedé atrás para esconderme del sol que se empeñaba en achicharrarme. Saqué un contrabando muy especial que traje escondido en mi cámara fotográfica y, al cabo de tres profundas bocanadas, empecé a relajarme. ¡Vaya si era un genio! Esa era mi mejor creación. La sensación de bienestar era inigualable. Seguí fumando un buen rato.

     A unos metros de mi, ví algo blanco sobresalir de un montículo de tierra. Me acerqué y descubrí que eran huevos, huevos de Dragón de Komodo. Desde niño quise tener un dragón como mascota.

     Escondí uno de los huevos en mi bolsillo y sonreí feliz al imaginar mil detalles que, de seguro, se harían realidad tras incubar mi hallazgo. Empecé de inmediato a tripearme la vida con mi nueva mascota. Es verdad que mi dragón no escupiría fuego, pero sí expelería una lluvia letal de bacterias ¡Qué arma tan poderosa! ¡Lluvia fétida! ¡Putrefacta!

     Los ratones para su comidita me los robaría de la escuela de farmacia. Cuando mi mascota se hiciera grande ya vería qué animales le conseguiría.  Seguro terminaría disputándome los perros callejeros del barrio, con los chinos del restaurante de la esquina.

     Llevaría a mi dragoncito al laboratorio de la universidad en las mañanas y lo dejaría en un matraz gigante de fondo plano para que no se metiera en problemas. Le pondría agüita fresca todos los días en un plato petri, que después del contacto con su boca, se convertiría en una suerte de caleidoscopio de bacterias, cocos y bacilos, con el que nos deleitaríamos por horas descubriendo nuevas cepas bajo el microscopio, y también bajo la influencia cannábica.

     Le di un besito al huevo en señal del amor que le tendría por el resto de mi vida. A estas alturas la psicodelia se había apoderado de él (¿o de mí?), y lo transformó en una suerte de huevo de pascua desfilando en una parada gay.

     Tuve la impresión de que alguien me observaba a través de una cámara lenta y al buscar a mi vigilante oculto, nuestros ojos se encontraron. Como en las películas, a primera vista, me enamoré. Esa mirada insinuante resultó digna de una beldad. Inmensa y hermosa como una diosa de ébano, dio unos pasos hacia mí. Se contoneaba soberbia, con la altivez propia de quien se sabe bella.

     La muy bruja me seducía más y más con su sonrisa de Mona Lisa. Confieso que quedé hechizado con su lengüita viperina. La movía rápido, como queriendo atrapar los cannabinoides del humo que yo exhalaba.

     Le pregunté si quería fumar un poquito. Ella me guiñó un ojo y se mojaba los labios con su lengüita roja, como quien no quiere la cosa. Yo sabía que estaba tentada a tener una experiencia religiosa al estilo rastafari, y no se atrevía a admitirlo. Los hilos de baba que manaban de su linda boquita evidenciaban el deseo que tenía de vacilarse una nota sabrosa conmigo.

     Le di otra bocanada a mi porro y me acerqué con la intención de pasar el humo de mi boca a la suya, para que se le quitara la pena de una buena vez…

     Mi princesauria se transformó: de diva mística pasó a ser monstruo madre. Me atizó un mordisco muy real y poderoso con sus afilados dientes e inyectó caldo virulento en mi sangre.

     Mi muerte fue lenta y muy dolorosa. Hasta que finalmente logré alzar el vuelo en el lomo de mi dragón.

miércoles, 24 de junio de 2015

Breve parábola de equidad


A mitad del almuerzo familiar, ella tomó su teléfono y, casi sin mirar, deslizó el dedo sobre la pantalla. Fue sólo un instante, apenas lo justo para responder un mensaje anodino de Facebook, pero suficiente para que él la fulminara con la mirada.

—Tienes toda la comida con el teléfono en la mano —dijo, haciendo énfasis en el "toda", como si aquello resumiera una vida entera de irrespetos y descortesías—. Deja eso, por favor.

Ella obedeció con la docilidad de quien ya conoce el precio de resistirse. Apagó la pantalla y dejó el móvil a un lado del plato, como si fuese un cubierto sucio.

Pasaron apenas unos bocados antes de que él, con teatralidad, sacara su propio teléfono. Lo sostuvo como quien empuña una cámara Leica en un campo de batalla. Enmarcó su plato, lo fotografió con esmero —ángulo cenital, buena luz natural—, y con un par de toques, envió las imágenes a su grupo de WhatsApp.

—¡Miren esto! —anunció en voz alta, como si la mesa entera esperara el parte de guerra—. Arroz con pollo de verdad. No ese que venden por ahí.

Luego, sin disimulo alguno, comenzó a chatear. Pero no en silencio, no: lo hacía dictándose a sí mismo, hilando palabras entre bocados, como si cada sílaba fuera un diamante que no podía esperar a ser compartido.

—Dile a tu mamá que están dulcísimos, que son de hilacha... Sí, ¿me puedes guardar unos cinco? O seis, si todavía están bajitos.

Ella lo miró. No dijo nada. No levantó ceja, no frunció el entrecejo. Solo se llevó otra cucharada de arroz a la boca y masticó con lentitud. En su rostro no había ironía, ni resignación, ni siquiera sorpresa.

Solo la confirmación, muda y absoluta, de que algunos hombres creen que el uso del teléfono en la mesa puede dividirse en dos categorías: el de los demás —siempre frívolo, molesto, innecesario—, y el propio —que, por supuesto, tiene la noble misión de coordinar la entrega urgente de mangos maduros.

Versión original 24 de junio de 2015
Versión revisada 24 de agosto de 2025

sábado, 12 de julio de 2014

La Cita de Andrés Eloy Blanco


Pinar arriba,
pinar abajo,
la nube, el pinar, el viento,
la tarde y yo te esperamos.

¡Cómo tardas!
tú siempre ofreces tempranos
y siempre pagas con tardes.
Me van a crecer los pinos
esperándote.

La próxima vez,
ya sé a qué atenerme;
te voy a hacer esperar
una hora, sola, sola,
para que sepas entonces
cuántos pinos tiene una hora.

Ya se fastidió la nube;
se está lloviendo por dentro.
Eres mala;
a una nube de agua dulce
volverla de agua salada.

La próxima vez,
esperaré a que llueva a chorros;
ya te contará la nube
cómo esperamos nosotros
y nunca sabrás si el agua que te pasó por los labios
te la lloraron las nubes
o te la llovieron los ojos.

Ya se va el viento, diciendo
malas palabras de monte;
ya verás, cuando tú esperes, esperando y solitaria,
te dirá el viento unas cosas que te pondrán colorada.

Ahora se va la tarde;
se le está poniendo oscura la pena de horizonte;
ya verás, cuando estés sola,
y en un adiós de la tarde te quedes sola en la noche.

Se va el pinar, se está yendo
revuelto el verde hasta un negro
que se hace nube y se encoge
y se agavilla y se expande,
verde, negro, verde, gris
y no se va pino a pino,
sino que se hace una cosa
de pinos que va a dormir.

Y yo ¿qué estoy esperando?
ya me voy, solo. Eres mala;
a una tarde, hacerla noche,
a un pinar, hacerlo nube,
a una nube de agua dulce
hacerla de agua salada,
Ya me voy. ¡Pero aquí estás!
¡La tarde está regresando!
¡mira el viento! ¡se ve el viento!
¡la nube está echando lirios!
mira el pinar, cómo viene,
pino a pino, pino a pino…

domingo, 1 de diciembre de 2013

Escena cíclope


 

Traté de voltear a otra parte. En serio lo intenté. Porque, aunque uno no siempre lo recuerde, quedarse mirando fijamente a alguien —con o sin excusa— sigue siendo de mala educación. Pero mis ojos no obedecieron. Se aferraron a aquella imagen descontextualizada, absurda, casi mitológica: un anciano tras un cristal sostenía una lupa tan descomunal que no agrandaba un detalle, lo devoraba entero. Su ojo, visto a través de ese artefacto, ya no era humano: era un solo ojo inmenso, orondo, flotante. Un cíclope.

Lo observé desde lejos, de reojo. Pero mientras me acercaba a las mesas de la panadería, la voz entrometida que tengo en la cabeza —esa que hace conjeturas como si le pagaran— empezó a maquinar:
¿Qué está haciendo este señor? ¿Qué lo tiene tan absorto, tan rendido ante ese ojo electrónico de aumento?

«¿Estará tasando una joya heredada?», pensé, mientras me inventaba la escena: el testamento de una tía misteriosa, un zafiro escondido en una empanada, una promesa de juventud… Pero la lógica, como siempre, vino a arruinarlo todo.

—¿Una joya en plena panadería?
—¿Con lupa gigante y todo?
—¿En Caracas, con el hampa libre y armada hasta los dientes?
—No, no tiene sentido.

Mientras me debatía entre la sospecha de un diamante y la posibilidad de que el viejo fuera un coleccionista de estampillas perdidas en panes campesinos, ocurrió la revelación: la imagen se aclaró.

No era una joya.

Era su teléfono.
¡El hombre estaba usando una lupa para inspeccionar su celular con atención quirúrgica! no era una joya, ni un testamento, ni un mapa del tesoro... sino un mensaje de texto.

Una carcajada se me escapó antes de que pudiera tragármela. Todos voltearon. También él. El cíclope giró su único y gigantesco ojo  hacia mí, con dignidad intacta, como diciendo:
“Ríete, pero espérate a que te llegue la presbicia”.

martes, 19 de febrero de 2013

No está en la vitrina


El domingo pasado regresaba de un banquete literario digno de dioses y editores: el HAY Festival en Cartagena de Indias. Iba flotando, digamos, en una nube de versos, reflexiones lúcidas y acentos castellanos que se me habían colado entre los poros. Mi esposo y yo hacíamos escala en el flamante aeropuerto El Dorado, en Bogotá, rumbo a nuestro destino final: Caracas.

Caminábamos absortos en conversación, entre pasillos relucientes y Duty Frees tentadores, cuando me topé con una vitrina que detuvo mi paso y mi habla. Un pequeño museo del absurdo: rollos de cinta adhesiva, tijeras, papel film, desodorantes tamaño familiar, una plancha de pelo y, cómo no, un martillo. Todos objetos claramente peligrosísimos a bordo de un avión, y merecedores de ser exhibidos como armas de destrucción masiva.

Avanzamos hacia el siguiente punto de control. Allí, en el altar del detector de metales, tocaba el ritual: bolsos, monedas, celulares, y la dignidad, todo sobre la cinta. Me ubiqué detrás de dos señoras de mediana edad, turistas discretas. Colocaron sus maletas, yo las mías. Ellas pasaron por el arco. Iba a hacerlo yo, cuando el agente de seguridad, que vigilaba los rayos equis con una seriedad de neurocirujano, hizo una seña a su compañero. Que abriera la maleta de la primera señora.

Y así quedé yo, detenida en medio del detector, como testigo privilegiada —o secuestrada— de la escena.

El agente procedió a un cateo tan exhaustivo que parecía buscar el Santo Grial entre las camisas. La mujer, cada vez más pálida, respondía con monosílabos a las preguntas del uniformado, que husmeaba con fervor casi místico. Hasta que... lo encontró.

Sus ojos se iluminaron con el destello de una epifanía: de entre la ropa sacó dos vibradores rosados, como si fuesen joyas contrabandeadas desde Sodoma y Gomorra. Los alzó con teatralidad obscena y, como quien encuentra una reliquia, comenzó a reír a carcajadas. Invitó a sus compañeros al festín visual. "¿Le gustan chiquitos, señora?", preguntó, agitando los objetos con sorna. La mujer, ya en trance de evaporación, no supo qué decir. Su amiga intervino, con la voz temblorosa, suplicando que guardaran eso, que por favor no la humillaran más.

Pero el agente, henchido de testosterona y poder de repisa de pasillo, no se detuvo. Cuanto más rogaban las mujeres, más alto era su volumen, su chiste, su falta de vergüenza.

Indignada, sentí que el alma se me subía al dedo índice. Abrí la boca, dispuesta a interpelar a aquel tribunal de la infamia. Pero mi esposo, previendo el incendio diplomático que estaba por desatarse, me sujetó el brazo con firmeza y dijo entre dientes:
—Ni se te ocurra, Julieta. Ese no es tu problema.

Y ahí me quedé, arrastrada por el brazo y la cordura ajena, viendo cómo se desvanecía en la distancia esa escena digna de Kafka con libido.

Lo único que pude hacer —lo juro— fue proclamar, a modo de juicio final, mientras me alejaba con los zapatos en una mano y la furia en la otra:

—¡Objeción! ¡Objeción! ¡El vibrador no está en la vitrina de objetos prohibidos!

Versión original 19 de febrero de 2013
Versión revisada 24 de agosto de 2025


    

miércoles, 31 de octubre de 2012

Montaña rusa


Allí,
frente al espejo,
como cada día,
pasé revista:

una a una,
las canas,
las arrugas,
las manchas
que el tiempo va bordando
con hilo de sombra y sal.

Y de pronto,
como una honda expansiva
de tiempo líquido,
me estalló en la cara
la vejez —
silenciosa,
inevitable.

Entonces, declaré:
Soy vieja.
Y decidí,
sin lágrimas ni drama:
no volveré a subir
a una montaña rusa.

Versión original 31 de octubre de 2012
Versión revisada 24 de agosto 2025

viernes, 6 de julio de 2012

Sólo un quesillo



 Hice un quesillo.

Cociné espárragos al vapor, preparé una salsa holandesa que no se cortó —milagro de la alquimia y la paciencia—. Arreglé flores, elegí manteles, dispuse cubiertos y alineé copas como si se tratara de una cena de embajadores. Horneé escargots. Rebané pan fresco y lo dispuse junto al queso curado, al casabe, a las galletas artesanales y al jamón serrano.

Lavé platos. Llevé a nuestro hijo al centro comercial. Regresé. Lavé más platos. Bajé seis veces a abrir la puerta a nuevos invitados, cada uno más sonriente que el anterior. Otro viaje al centro, esta vez para recoger al hijo. Volví. Me esperaban más platos.

Me despedí de cada uno de los invitados con una sonrisa pulida, recogí botellas vacías, copas con huellas de labios ajenos, vajilla sucia, sartenes, ollas, ceniceros. Lavé la montaña de loza, la sequé, limpié mesas, barrí migas, boté bolsas de basura, sacudí cojines vencidos por cuerpos ajenos, apagué la música que aún sonaba como si la fiesta no quisiera irse.

Estiré mi espalda y, al final, soplé la última vela.

Entré a la habitación. Dormías con el televisor encendido. Te arropé. Tu respiración era tranquila, como si nada hubiera ocurrido.

Entonces recordé: unas horas antes, tu anuncio ligero, tu sonrisa diplomática, tus palabras como caricias de humo:
—Invité a un par de amigos a tomar una botella de vino. No pongas esa cara. Yo me encargo de todo. Tú solo haz un quesillo.

Solo un quesillo.

lunes, 2 de julio de 2012

Chatarra



Regreso lento a casa, y el suelo me ofrece su colección de fragmentos: tuercas, arandelas, tornillos. Me detengo, recojo cada pieza, las guardo en mis bolsillos que se llenan de chatarra inútil y silenciosa.

¿De qué autómata caen estos restos? ¿De qué mente se desprendieron?

Un susurro fugaz atraviesa mi pensamiento: quizás fui yo quien, sin saberlo, perdió en la ida los engranajes que hoy intento recoger en el retorno, como un náufrago reuniendo su cuerpo roto.

Versión original 02 de julio de 2012
Versión revisada 24 de agosto 2025

miércoles, 4 de enero de 2012

Sal

Se aferró a cada letra,

a cada palabra,

a cada poesía,

apretó fuerte los puños

para salvarlas del mar.

Allí, ante sus ojos llovizna

se convirtió en sal.

jueves, 18 de agosto de 2011

Encuentro cercano con un pollo

Tengo 20 años de matrimonio, dos hijos grandes y, créanme, he desarrollado un doctorado en oficios del hogar. Y eso que nunca he contratado servicio fijo, así que si me dieran un diploma por aguantar cosas asquerosas, ya tendría estante propio.

Les cuento esto para que entiendan que mi nivel de “anti-glamour” en las tareas domésticas es altísimo. He pasado por cada tragedia que podría desmayar a alguien con estómago delicado, pero con años de vuelo y mucha práctica pensé que ya estaba curtida... hasta ayer.

He cambiado montañas de pañales que podrían tener su propio código postal, limpiado el asiento trasero del carro después de mareos épicos rumbo a Choroní, destapado váteres que parecían bombas biológicas, lavado acuarios donde el pobre pescadito decidió flotar panza arriba (RIP), fregado tiestos putrefactos en tumbas familiares, pelado mil camarones con paciencia de monja, y hasta regresado de viajes para enfrentarme a la nevera podrida, ese cementerio helado de alimentos olvidados.

Pero, amigas y amigos, ayer me tocó la faena que jamás imaginé: comprar un pollo entero y… quitarle la piel. Sí, yo, con 20 años de cocina a cuestas, no estaba preparada para despellejar un ave con mis propias manos.

Ahí estaba el pollo, sin cabeza, sin patas, con una piel amarilla llena de volcanes microscópicos donde antes hubo plumas. Me dije a mí misma con voz de coach motivacional:
—“¿Qué es esto, Julieta? ¿Te vas a amilanar ahora?”

Respiré profundo y empecé la operación amputación de cuello. Al romper el buche, me encontré con restos de la última cena del pobre pollito. Me aferré a un colgajo resbaloso de piel amarilla y tiré con fuerza. Amigas, fue lo más repugnante que he hecho en mi vida... hasta que llegué al ala.

Ahí tuve que fracturar la coyuntura, romper huesos con tijera para liberar esa manga de pellejo gelatinoso que parecía una película de terror en cámara lenta. Hice lo mismo del otro lado y cuando pensé que ya había terminado, apareció el atasco final en el... ¿trasero del animal?

Saqué mi cuchillo de carnicero y, con la serenidad de una cirujana en plena operación, hice el corte final.

El pollo, ahora desnudo y sin piel, me miraba como diciendo “¿y ahora qué?”. Lo lavé, lo froté con limón, lo sazoné y lo mandé al horno. Mi familia devoró la nueva receta con gusto.

Yo, por supuesto, no probé ni un bocado.

Y así, queridas y queridos, me declaro oficialmente vegetariana.

Versión original 19 de agosto de 2011
Versión revisada 24 de agosto 2025


miércoles, 17 de agosto de 2011

El apuesto Bwin

No me gustan los deportes. No los entiendo, no les veo ni pizca de gracia, y el fútbol, uff, ese es el Everest de mi incomprensión. Los mundiales son como una pesadilla de colores y gritos, y los días de partido, todo el mundo parece poseído por una especie de hipnosis colectiva mientras yo floto en mi propio planeta, probablemente en órbita alrededor de Marte.

Hoy, feliz y orgullosa, había terminado todos mis deberes a las cuatro de la tarde. Apenas me acomodaba en la cama para ver algo en la tele (no fútbol, obviamente), cuando suena el teléfono. Era mi amiga Loli, en modo pánico: no encontraba el canal del gran Barça contra Real Madrid, y me pedía que la acompañara a Altamar para ver el partido con “los muchachos”.

Mi primer impulso fue decir NO con mayúsculas, minúsculas y en jeroglíficos. Pero Loli es una experta en el arte del chantaje emocional, y no había argumento que resistiera su determinación. Al final, cedí. Ella, triunfante, me lanzó un consuelo de hierro:
—“¡Chica, no pongas esa cara! Tú no te preocupes, que los jugadores son colirio para los ojos. Durante el juego te refrescas la vista.”

Llegamos justo en medio del primer tiempo. Los chicos, reacomodándose como si estuvieran armando una tribu alrededor del televisor, nos hicieron un lugar en el círculo sagrado del fanatismo. Todos con la mirada clavada en la pantalla, completamente poseídos. Yo, cual pájaro en pradera, rendida a mi destino, me refugié en las redes sociales, buscando un respiro... pero ni allí escampó la tormenta: los comentarios solo hablaban del partido.

—“¿Verdad que son lindos? Me encanta Piqué,” me susurró Loli con tono de fanática en trance.

—“¿Quién?” —Pregunté con cara de absoluta novata.

—“¡El novio de Shakira, chica!” —dijo mirando al techo, como invocando fuerzas. Luego, con tono retador, añadió:
—“¿Y a ti cuál te gusta?”

Señalé al televisor tratando de disimular:
—“Ese, el alto de barba, el de uniforme blanco.”

Loli me miró incrédula y preguntó:
—“¿Cuál?”

—“¡Bwin!” —solté sin dudar, convencida de que había descubierto un nombre súper futbolero.

La carcajada de Loli fue tan estruendosa que casi nos sacan del sitio por interrumpir el sagrado ritual con nuestras risas.


Aclaro para quienes se pregunten quién es ese tal Bwin: después de aguantar dos horas de risas y burlas por mi ignorancia, aprendí que Bwin es el patrocinador del Real Madrid, por eso aparece gigante en las camisetas.

Y ese guapetón que me distrajo todo el partido es Xabi Alonso, pero para mí, siempre será el apuesto... Bwin



Versión original 18 de agosto de 2011
Versión revisada 24 de agosto 2025