miércoles, 19 de mayo de 2010

Perdida por falta de experiencia o Pasaporte al infierno

El sistema fue claro: “oficina asignada aleatoriamente”. Pero Felipe seguía convencido de que todo —incluida la ubicación geográfica— era culpa mía.


Eran las nueve y media y el sol en Caucagua no quemaba, hervía. Juancito y yo nos bajamos del carro directo a una caldera invisible. Las doce personas en el porche parecían sobrevivientes de un apocalipsis solar. Me paré tras una señora que esperaba en la mitad de la calle, buscando las sombras con desesperación digna.

Cuando Felipe reapareció, parecía un personaje de telenovela venezolana en pleno clímax. Sudoroso, furibundo, casi poético:

—¡Sólo a ti se te ocurre pedir la cita del pasaporte en Caucagua! ¡En Los Teques había sombra, aire, civilización!

Respiré hondo. Conté mentalmente hasta tres, como enseñan en los talleres de control de ira, y exploté justo en el cuatro:

—¡Si eres tan perfecto y diligente, ¿por qué no lo hiciste tú?! ¡Al menos yo hice algo!

Alrededor, todos fingieron no escuchar. Pero los ojos hablaban.
Yo sabía que había perdido. No la cita. La compostura.
Y recordé esa frase que una vez leí:

“Nunca discutas con un imbécil, te hará descender a su nivel… y allí, te ganará por experiencia.”



Versión original: 19 de mayo de 2010
Versión revisada 27 de julio 2025


miércoles, 12 de mayo de 2010

The mission: Gabriel's Oboe

¿Quién se comió a mi papá?

Un día, sin aviso, mi papá desapareció. No se fue a otro país, ni al cielo. Estaba en su silla, en su casa, con su voz de siempre… pero ya no era él.

El hombre que me enseñó a dividir sin usar los dedos, que me hablaba de justicia como si fuera un superpoder, que me alzaba en hombros para ver el mundo desde más arriba… ese hombre se esfumó.

En su lugar, apareció un sujeto extraño, que renegaba de todo, que hablaba en tonos grises, que ya no miraba con luz en los ojos. Un hombre que no recordaba mis cuentos favoritos, ni mis cumpleaños, ni sus propias hazañas.

Me pregunté si fui yo la que cambió, si crecí demasiado rápido y al bajarme de sus hombros vi la verdad desde abajo.

¿Será que la Electra que lo adoraba murió una tarde cualquiera?
¿O que Agamenón nunca existió, y lo inventé a punta de amor?

No lo sé.
Solo quiero que me devuelvan a mi papá.
El de antes.
El de siempre.
El imposible.


domingo, 9 de mayo de 2010

Fragmentos de mi cuento - Con tacones desde Apure.

Del Estado Apure solo conocía el nombre de su capital: San Fernando. Ni siquiera estaba segura de si era famoso por los llanos, los ríos o los poetas. Pero eso no importaba. Cuando la seleccionaron para representar a esa región en el concurso nacional, asumió que todas las chicas eran originarias de los lugares que llevaban en la banda. Después se enteraría de que casi ninguna lo era. Era un disfraz geográfico, una cáscara regional para lucir diversidad en el escenario.

Aun así, se lo tomó en serio.

Acudió al oráculo familiar: su tío. No era un simple lector empedernido; era una biblioteca con corazón. Las demás tenían enciclopedias, ella tenía a su tío: un sabio de voz lenta, manos grandes y una memoria capaz de recitar discursos de Bolívar mientras pelaba una mandarina.

—Necesito parecer de Apure —le dijo sin preámbulos.

Él sonrió, como si ya supiera de antemano que Apure no se lleva en la cédula, sino en el alma.

Le preparó una guía tan completa que parecía más una novela de aventuras que un compendio de datos. Había fechas, claro, pero también cantos de ordeño, relatos de crecidas, historias de llaneros con alma de coplero y mujeres que parían con las manos en el pilón.

Ella lo estudió todo, como si prepararse para un certamen fuera lo mismo que prepararse para una batalla.

Lo que no sabía aún era que poco importaría si conocía o no la historia geopolítica del estado. Su verdadero aprendizaje estaba por venir. En esos tres meses, entre espejos crueles, luces blancas y exigencias absurdas, aprendería el valor de disfrutar del viaje, aunque cada paso doliera como una punzada.

Al principio quiso huir.

En su afán de alcanzar el nivel de sus compañeras —muchas de ellas ya pulidas tras casi un año de ensayos—, se agotaba. A menudo terminaba hecha un ovillo en una esquina del salón, llorando de frustración, con los pies hinchados y el alma achicada.

—Si quieres brillar, tienes que pulirte, y el brillo duele —le dijo un día la profesora de pasarela, sin mirar atrás.

Los tacones eran una tortura. Caminaba como si tuviera clavos en las plantas de los pies. Debía llevarlos puestos siempre: en los ensayos, en las entrevistas, incluso al salir por un café. Solo se los permitían quitar para dormir o ducharse. Al cuarto día, ya no sentía los dedos. Al décimo, soñaba que sus pies se doblaban hacia adentro, como los de aquellas mujeres chinas de los pies vendados.

—¡No pongas esa cara de martirio, chica! —reía la instructora—. Te juro que terminarás por acostumbrarte.

Y lo hizo.

Una noche cualquiera, sin darse cuenta, cruzó el salón entera, erguida, elegante, sin tambalearse. Era como si sus huesos hubieran aprendido el equilibrio de la vanidad.

Fue entonces cuando entendió que no se trataba de representar a Apure, ni de encajar en un molde. El verdadero concurso no estaba en el escenario, sino en resistir la metamorfosis sin perderse a sí misma. Aprendió a mirar a sus compañeras sin compararse. A saberse distinta. A que cada ampolla tenía su mérito.

Un día antes de la gala, le entregaron su banda.

"Apure", decía en letras bordadas.

Sonrió. Ya no le parecía un disfraz.

Ese nombre, ajeno al principio, ahora le pertenecía. Porque se lo había ganado con cada paso doloroso, con cada lágrima seca, con cada respuesta memorizada entre sesiones de maquillaje y ansiedad.

La niña que había llegado con los pies descalzos del conocimiento, se había convertido en una mujer que caminaba —con tacones y todo— sobre sus propios logros.

Versión original 10 de mayo de 2010
Versión revisada 27 de julio 2025

jueves, 6 de mayo de 2010

Algunas de mis particulares manías o inventario de rarezas.

Siempre pido lo mismo cuando vuelvo a un restaurante. Podrían tener el mejor plato del mundo en la página siguiente del menú, pero no me atrevo. Ya me enamoré de uno, ¿para qué coquetear con los demás?

Detesto beber agua. La encuentro tan poco interesante… como si mi lengua exigiera algo con personalidad.

No le quito las etiquetas a la ropa nueva hasta estrenarla. Me gusta sentir que, mientras cuelga en el clóset, sigue siendo promesa. Me resisto a convertirla en pasado tan pronto.

Aunque se caiga el mundo, nunca me acuesto sin desmaquillarme. Mi apocalipsis puede esperar, pero mi cutis no.

Leo revistas y periódicos desde la última página. Me gusta ir de atrás hacia adelante, como quien escarba buscando lo esencial al final del túnel. En la vida, sin embargo, me cuesta retroceder.

En baños públicos, bajo la cadena con el pie. Es una gimnasia de supervivencia. Y sí, soy de las que carga antibacterial como si fuera una cruz sagrada.

Amo comer en la cama. Es mi ritual de ternura egoísta, donde conviven las migas y los pensamientos sueltos.

Me sudan las palmas. Por eso me dan vergüenza los saludos formales. Siempre tengo la sensación de que al apretar una mano, alguien descubrirá algo de mí.

Digo groserías. Muchas. Con una elegancia que descoloca. Las uso como adorno, no como ofensa.

No me combino la cartera con los zapatos porque soy floja. Mudar el contenido es una operación que requiere una concentración digna del G7.

Abuso de los puntos suspensivos… Como si dejara siempre una puerta entornada… por si acaso.

Llego de primera a todas mis citas. No es puntualidad, es miedo a no llegar. La ansiedad no sabe medir el tiempo, solo correrle por delante.

Amo los zapatos de goma. Si fuera por mí, aboliría los tacones y los convertiría en mitos. El Olimpo puede quedarse con sus diosas de vértigo. Yo prefiero tocar el suelo sin culpa.


Dicen que lo que uno cuenta de sí mismo no siempre es lo más importante. Que lo esencial se esconde en lo que no decimos.
Pero este inventario de rarezas me ha servido como mapa.
Porque en la suma de estos detalles, con todo su absurdo, me reconozco.
Y ahora que he vaciado un poco de mí, solo tengo una curiosidad:

¿Tú? ¿Con qué rituales extraños vives en secreto?

lunes, 3 de mayo de 2010

Fragmentos de mi cuento - El último desfile

Es imposible prever el instante exacto en que la vida se quiebra. A veces llega como un estallido, otras como una brisa sorda que, sin aviso, arranca de cuajo la raíz de todo lo que alguna vez pareció estable. Ella no supo en qué momento exacto ocurrió, solo sintió que, de un día para otro, todo lo que le daba sentido había sido borrado con descuido, como una mala línea de delineador frente al espejo.

El universo —esa maquinaria invisible que siempre despreció por considerarla absurda y mal escrita— ahora le parecía no solo caótico, sino cruelmente calculado. Como si se riera de ella con la boca torcida de un bufón maligno.

Fue educada en colegios religiosos, claro está. La habían bautizado, hizo su primera comunión en un vestido almidonado y, como todas las niñas de su clase social, conocía los nombres de los apóstoles y los himnos en latín. Pero nunca pisó una iglesia por voluntad propia. Hasta ese día.

No fue a orar. No llevaba súplicas ni propósito de arrepentimiento. Se presentó en el templo como quien encara a un enemigo. Altiva, erguida, desafiante. Sabía que no existía milagro capaz de deshacer el horror. No había redención ni consuelo posible. Aquello —esa monstruosidad que no nombraba ni en voz baja— era irreversible.

El templo de Altamira estaba casi vacío. El eco de sus tacones de aguja contra el mármol rompía la solemnidad como si fuera una provocación. Caminó por la nave central con la misma gracia que años atrás la hizo brillar en pasarelas internacionales. Su andar aún tenía la precisión de una mujer que conoce su cuerpo y sabe que lo están mirando, incluso cuando no hay testigos.

Ningún gesto de fe. Ninguna genuflexión. Solo la mirada fría, clavada en el altar como si estuviese retando a una divinidad que, según ella, nunca fue más que un rumor de infancia. Se sentó en el banco más cercano al púlpito, cruzó las piernas, encendió un cigarro (aunque estaba prohibido) y lo fumó con la elegancia intacta de una actriz en su escena final.

Una hora más tarde, en su apartamento, se desvistió sin apuro. Puso en el tocadiscos un aria de Verdi. Se maquilló con detalle, eligió un vestido negro sin hombros y abrió la caja de terciopelo donde dormía el revólver.

No dejó carta. Ni mensaje. Ni drama. La pistola entró en su boca como una palabra no dicha. Y entonces…

Pero nadie oyó el disparo. El portero juró haberla visto salir esa misma tarde, con un abrigo rojo, los labios intactos y las gafas de sol como escudo.
Algunos dicen que se fue a Europa.
Otros, que se convirtió en leyenda urbana, una viuda negra del este de Caracas.

Solo una cosa es cierta:
alguien aún deja flores en el banco de la iglesia, justo al frente del altar.
Una vez al año, siempre el mismo día.
Con una nota que dice:

"No recé. Solo vine a que me vieras caminar."

Publicado el 04 de mayo de 2020
Versión revisada el 27 de julio de 2025