martes, 25 de mayo de 2010

Fragmentos de un cuento - Levedad

IV

Tardó en abrir los ojos. No por sueño, sino por hinchazón: un llanto prolongado, espeso, como de sal derramada desde el alma, se había instalado durante la noche anterior. Cuando por fin lo logró, la luz tibia de la mañana le acariciaba la piel, y contra todo pronóstico, sonrió.

No era una sonrisa eufórica, ni festiva. Era una de esas sonrisas que brotan cuando el cuerpo aún no entiende del todo, pero el alma ya ha soltado. Una sonrisa con sabor a tregua.

Había despertado ligera.

Como si durante la madrugada un ángel —sin forma ni nombre, sin religión ni mandato— hubiese entrado sigilosamente, recogido con cuidado sus ganas de morirse, y en su lugar hubiese dejado una sensación de paz sin estridencias.

El mundo seguía igual. Las paredes eran las mismas, el espejo mostraba los mismos rastros de batalla bajo los ojos, pero algo en ella era distinto. No se sentía obligada a nada. Ni a responder mensajes. Ni a sonreír. Ni siquiera a estar bien. Sólo a estar.

Pasó el día en pijama, descalza, despeinada, con la cara limpia y sin maquillaje. Le supo a gloria.

Se permitió el lujo de desayunar tarde, de servirse un café frío, de no hacer la cama. Caminó por su casa como si la conociera por primera vez. Miró sus libros, sus fotos, sus trastos viejos con una ternura silenciosa, como quien observa a un amigo dormido.

Encendió la televisión. Miss Venezuela brillaba en pantalla, tan pulida y exacta como un objeto de colección. Hablaban con vocecitas agudas, impecables, y ella las escuchó con atención inusitada. Observó sus sonrisas milimétricas, sus respuestas entrenadas, sus cinturas imposibles.

Y por primera vez no sintió envidia. Ni nostalgia. Ni derrota.

Sintió alivio.

Porque no sería ella la que cargara esa corona como un yugo. No serían sus hombros los que sostendrían el peso de las expectativas ajenas, ni sus días los que se poblarían de compromisos, entrevistas, dietas y tacones eternos. Ella podía quedarse con su cuerpo imperfecto, con sus ojeras de vida vivida, con sus cicatrices sin maquillaje.

Y lo agradeció.

Se permitió cerrar los ojos otra vez, no por agotamiento, sino por placer. Por simple y poderoso placer de existir.
Ese día, el primero del resto —sin promesas, sin culpas—, se lo regaló por completo.
Y fue suficiente.

Versión original 26 de mayo 2010
Versión revisada 27 de julio 2025

jueves, 20 de mayo de 2010

Sábado de ficción

—Este sábado quiero hacer una paellita —dijo con una emoción tan genuina que por un instante me pareció adorable.

Yo, que ya lo conozco, sonreí. “Paellita” en su léxico significaba aventura compartida… compartida al principio, hasta que la cebolla empezó a picarse sola, el arroz a no medirse con exactitud, y la cocina a convertirse en zona de guerra bajo mi mando.

Todo comenzó con la odisea de pedir prestada la paellera a su amigo margariteño-alemán: estricto, metódico y celoso de sus utensilios de cocina como si fueran reliquias de museo. La paellera llegó con instrucciones, advertencias y un dejo de amenaza implícita: “Ni se les ocurra rayarla”.

El sábado amaneció con entusiasmo. Fuimos al mercadillo del barrio como si estuviésemos protagonizando una película romántica europea: risas, olores frescos, sol de media mañana. El plan se derrumbó en cuanto llegamos a casa y él rompió un huevo al poner el primer pie en la cocina.

—Monta el caldo que yo hago todo lo demás —dijo con heroísmo.

Lo que no dijo fue que “todo lo demás” implicaba destruir el ecosistema de la cocina. Lavé calamares con las manos adormecidas, quité tinta de las paredes como si limpiara una escena del crimen y entre lavada y lavada de ollas, me fui transformando en la versión doméstica de Lady Macbeth, pero con delantal.

Le advertí lo del huevo —una vez más— y eso, según él, fue lo que arruinó el sábado. Yo pienso que el sábado se arruinó en cuanto alguien creyó que “hacer una paellita” era buena idea para un día de descanso.

Después de comer —porque sí, quedó sabrosa, aunque nadie tuvo fuerza para celebrarlo— le pedí que me ayudara a recoger. Me dio un “sí” tan ambiguo como un contrato de internet, y comenzó a guardar las sobras. Lo dejé solo un momento y escuché ese sonido metálico y fatal, como de sable raspando una campana de iglesia.

—¡Cuidado! ¡La paellera es de teflón! ¡No puedes usar metal! —grité, y fue el grito lo que selló nuestra guerra fría.

—Estoy harto de tus humillaciones —dijo, saliendo de la cocina como si huyera de un campo de batalla emocional. Se encerró en el cuarto como niño malcriado y yo, como adulta cansada, me dediqué a lavar platos con la resignación de quien sabe que aún falta mucho arroz por raspar.

Horas más tarde, con la torre de loza finalmente vencida, entré a la habitación. Le pedí disculpas. Le expliqué mi histeria. Le hablé de la paellera, del préstamo, de la responsabilidad compartida.

Él, sin mirarme:

—Yo estaba teniendo cuidado.

—¿No estabas usando una cuchara de metal para raspar el arroz?

—No.

—¿Me vas a decir en mi cara que no era de metal?

Silencio. Luego, con una mezcla de orgullo vencido y sinceridad tozuda:

—Bueno, sí. Pero lo estaba haciendo con cuidadito.

Y allí comprendí que no había nada más que decir.
Me di la vuelta y salí del cuarto, dejándolo con su “cuidadito” y su orgullo tan rayado como la paellera.

Versión original publicada el 21 de mayo de 2010
Versión revisada el 27 de julio 2025

miércoles, 19 de mayo de 2010

Bono recites Bukowski

Perdida por falta de experiencia o Pasaporte al infierno

El sistema fue claro: “oficina asignada aleatoriamente”. Pero Felipe seguía convencido de que todo —incluida la ubicación geográfica— era culpa mía.


Eran las nueve y media y el sol en Caucagua no quemaba, hervía. Juancito y yo nos bajamos del carro directo a una caldera invisible. Las doce personas en el porche parecían sobrevivientes de un apocalipsis solar. Me paré tras una señora que esperaba en la mitad de la calle, buscando las sombras con desesperación digna.

Cuando Felipe reapareció, parecía un personaje de telenovela venezolana en pleno clímax. Sudoroso, furibundo, casi poético:

—¡Sólo a ti se te ocurre pedir la cita del pasaporte en Caucagua! ¡En Los Teques había sombra, aire, civilización!

Respiré hondo. Conté mentalmente hasta tres, como enseñan en los talleres de control de ira, y exploté justo en el cuatro:

—¡Si eres tan perfecto y diligente, ¿por qué no lo hiciste tú?! ¡Al menos yo hice algo!

Alrededor, todos fingieron no escuchar. Pero los ojos hablaban.
Yo sabía que había perdido. No la cita. La compostura.
Y recordé esa frase que una vez leí:

“Nunca discutas con un imbécil, te hará descender a su nivel… y allí, te ganará por experiencia.”



Versión original: 19 de mayo de 2010
Versión revisada 27 de julio 2025


miércoles, 12 de mayo de 2010

The mission: Gabriel's Oboe

¿Quién se comió a mi papá?

Un día, sin aviso, mi papá desapareció. No se fue a otro país, ni al cielo. Estaba en su silla, en su casa, con su voz de siempre… pero ya no era él.

El hombre que me enseñó a dividir sin usar los dedos, que me hablaba de justicia como si fuera un superpoder, que me alzaba en hombros para ver el mundo desde más arriba… ese hombre se esfumó.

En su lugar, apareció un sujeto extraño, que renegaba de todo, que hablaba en tonos grises, que ya no miraba con luz en los ojos. Un hombre que no recordaba mis cuentos favoritos, ni mis cumpleaños, ni sus propias hazañas.

Me pregunté si fui yo la que cambió, si crecí demasiado rápido y al bajarme de sus hombros vi la verdad desde abajo.

¿Será que la Electra que lo adoraba murió una tarde cualquiera?
¿O que Agamenón nunca existió, y lo inventé a punta de amor?

No lo sé.
Solo quiero que me devuelvan a mi papá.
El de antes.
El de siempre.
El imposible.


domingo, 9 de mayo de 2010

Fragmentos de mi cuento - Con tacones desde Apure.

Del Estado Apure solo conocía el nombre de su capital: San Fernando. Ni siquiera estaba segura de si era famoso por los llanos, los ríos o los poetas. Pero eso no importaba. Cuando la seleccionaron para representar a esa región en el concurso nacional, asumió que todas las chicas eran originarias de los lugares que llevaban en la banda. Después se enteraría de que casi ninguna lo era. Era un disfraz geográfico, una cáscara regional para lucir diversidad en el escenario.

Aun así, se lo tomó en serio.

Acudió al oráculo familiar: su tío. No era un simple lector empedernido; era una biblioteca con corazón. Las demás tenían enciclopedias, ella tenía a su tío: un sabio de voz lenta, manos grandes y una memoria capaz de recitar discursos de Bolívar mientras pelaba una mandarina.

—Necesito parecer de Apure —le dijo sin preámbulos.

Él sonrió, como si ya supiera de antemano que Apure no se lleva en la cédula, sino en el alma.

Le preparó una guía tan completa que parecía más una novela de aventuras que un compendio de datos. Había fechas, claro, pero también cantos de ordeño, relatos de crecidas, historias de llaneros con alma de coplero y mujeres que parían con las manos en el pilón.

Ella lo estudió todo, como si prepararse para un certamen fuera lo mismo que prepararse para una batalla.

Lo que no sabía aún era que poco importaría si conocía o no la historia geopolítica del estado. Su verdadero aprendizaje estaba por venir. En esos tres meses, entre espejos crueles, luces blancas y exigencias absurdas, aprendería el valor de disfrutar del viaje, aunque cada paso doliera como una punzada.

Al principio quiso huir.

En su afán de alcanzar el nivel de sus compañeras —muchas de ellas ya pulidas tras casi un año de ensayos—, se agotaba. A menudo terminaba hecha un ovillo en una esquina del salón, llorando de frustración, con los pies hinchados y el alma achicada.

—Si quieres brillar, tienes que pulirte, y el brillo duele —le dijo un día la profesora de pasarela, sin mirar atrás.

Los tacones eran una tortura. Caminaba como si tuviera clavos en las plantas de los pies. Debía llevarlos puestos siempre: en los ensayos, en las entrevistas, incluso al salir por un café. Solo se los permitían quitar para dormir o ducharse. Al cuarto día, ya no sentía los dedos. Al décimo, soñaba que sus pies se doblaban hacia adentro, como los de aquellas mujeres chinas de los pies vendados.

—¡No pongas esa cara de martirio, chica! —reía la instructora—. Te juro que terminarás por acostumbrarte.

Y lo hizo.

Una noche cualquiera, sin darse cuenta, cruzó el salón entera, erguida, elegante, sin tambalearse. Era como si sus huesos hubieran aprendido el equilibrio de la vanidad.

Fue entonces cuando entendió que no se trataba de representar a Apure, ni de encajar en un molde. El verdadero concurso no estaba en el escenario, sino en resistir la metamorfosis sin perderse a sí misma. Aprendió a mirar a sus compañeras sin compararse. A saberse distinta. A que cada ampolla tenía su mérito.

Un día antes de la gala, le entregaron su banda.

"Apure", decía en letras bordadas.

Sonrió. Ya no le parecía un disfraz.

Ese nombre, ajeno al principio, ahora le pertenecía. Porque se lo había ganado con cada paso doloroso, con cada lágrima seca, con cada respuesta memorizada entre sesiones de maquillaje y ansiedad.

La niña que había llegado con los pies descalzos del conocimiento, se había convertido en una mujer que caminaba —con tacones y todo— sobre sus propios logros.

Versión original 10 de mayo de 2010
Versión revisada 27 de julio 2025