sábado, 9 de abril de 2011

I Griega


Cae una gota de tinta azul
sobre el papel virgen.

Luego, otra.

Distantes,
se reconocen en el silencio.

Se miran sin tocarse,
se anhelan sin promesas,
cautivas en la danza de lo inevitable.

La fascinación que sólo conoce la fe
las empuja.

Ruedan las dos,
pliego abajo,
diagonal como destino compartido.

Se buscan con la esperanza
de rozarse.

Y lo hacen.

Brevemente.

El instante es líquido y eterno.

Se funden en un solo trazo,
una corriente azul que cae
como un suspiro suspendido.

El rastro de humedad añil
se detiene en un punto.

Han dibujado, sin saberlo,
una ípsilon.

La bifurcación.
El cruce.
El hilo del encuentro.

Y con ese gesto,
mínimo y sagrado,
han escrito una historia.

Versión original 10 de abril de 2011
Versión revisada 24 de agosto de 2025


jueves, 24 de marzo de 2011

Fuego a las cuatro

   Desde que Greta supo que el profesor Alfredo Salas había aceptado ser el tutor de las coquetas gemelas Montero, algo punzante y persistente empezó a anidar bajo su piel. Era un aguijón de celos: fino, tenaz, siempre activo. La herida no sangraba, pero ardía.

   Había sido durante el segundo semestre, en una discusión sobre Oscar Wilde, cuando el vínculo entre ellos cruzó sin retorno la delgada línea que separa la admiración intelectual del deseo. A partir de entonces, su relación tomó forma en el lenguaje de lo oculto: mensajes cifrados, miradas como ráfagas, gestos que nadie más podía descifrar, pero que para ellos eran un código compartido, íntimo, casi sagrado.

   Con el tiempo, la universidad, sus horarios cambiantes y las exigencias de las pasantías terminaron por desdibujar el jardín secreto donde Greta, convertida en niña, jugaba a ser descubierta por su maestro. Ya no había contacto. El idilio —más platónico que carnal— se había evaporado sin consumarse. Y, sin embargo, ella se sabía aún presente en sus pensamientos, como un fantasma que acaricia sin cuerpo.

   No estaba dispuesta a ceder ese lugar. Mucho menos ante el escote simétrico de las Montero.


   Llegó a su apartamento a las tres en punto. Puso en el reproductor Dos Pájaros de un Tiro, la gira compartida de Serrat y Sabina, y una sonrisa cargada de ironía le curvó los labios. Tal vez ella también podía matar dos pájaros con un solo gesto.

Abrió las llaves del agua caliente, espolvoreó sales de lavanda, y mientras la bañera se llenaba, se sentó frente al computador. Escribió un correo que no necesitaba más revisiones que el deseo:


Asunto: A las cuatro

Alfredo:

   Te escribo por esta vía porque lo que quiero decir no cabe en un mensaje breve. El vacío que dejó tu ausencia se ha desplazado en mí. Ya no está en el pecho: bajó, se volvió ansiedad húmeda, una fiebre que no se calma con palabras.

   A las cuatro —tu hora habitual de tutoría— dejaré la puerta entreabierta. La bañera estará llena. Velas encendidas. Me hundiré en ese calor con los ojos cerrados, intentando imaginar tus manos donde no han estado, tu boca donde nunca llegó.

   Una lástima que estés tan ocupado con las mellizas. Sé que te encantaría estar aquí, sintiendo el ritmo de mi respiración acelerarse en tu oído, mis besos volverse más voraces, mi lengua transformarse en manos —manos de ciego con hambre.

   En fin. Quería avisarte. A falta de tu presencia, tendré que apelar a la imaginación para apagar este incendio. A solas.

   Te pienso. Te extraño.

   Greta


   A las cuatro, el agua tibia la recibió como un cuerpo que la esperaba desde siempre. Cerró los ojos. Fuera del baño, el reloj avanzaba en silencio.


   Mientras tanto, en otro edificio de la universidad, la profesora Carlota Arocha escuchaba atónita la petición de las hermanas Montero.

—¿Cómo que necesitan nueva tutora? ¿No era el profesor Salas quien supervisaba su tesis?

—Eso creíamos, profesora —respondió una de ellas, acomodándose el cabello—, pero llevamos seis martes seguidos llegando puntualmente a su cubículo a las cuatro… y él nunca aparece. Siempre nos deja plantadas.

—¿Y qué excusa les da?

—Siempre lo mismo —dijo la otra, cruzando los brazos—: que estaba apagando un incendio.

Carlota levantó una ceja, suspicaz.

—¿Seis incendios consecutivos?

   El silencio cayó como una vela extinguida.


*Versión revisada en julio de 2025

lunes, 7 de marzo de 2011

Duetos coloridos


   Es un espectáculo verlas cruzar el cielo caraqueño. Vuelan en pareja. Duetos coloridos se elevan en el cielo. Maravillan a los que desde abajo tenemos la suerte de ser testigos de tonalidades fugaces. Siempre en pares. Siempre brillantes, vestidas de bandera.

   Las guacamayas son una oda a la unión, a la fidelidad, a la monogamia, al número dos.

   Con el Ávila de fondo, se remontan los orgullosos papagayos. Aletean haciendo alarde de su pareja, aquella que eligieron para toda la vida, como compañía para volar en libertad.

   No logro entender qué clase de engendro puede atreverse a robarles su alma gemela y condenarlas a calabozos de soledad.






jueves, 3 de marzo de 2011


Amanecí con frío. No es una queja, me gusta que me invada y me cale hasta los huesos, poder abrigarme, no sudar al salir a la calle, caminar largo sin sentir sofoco.

No sé cuál será la temperatura, pero es inusualmente baja. Desde hace años hace mucho calor en Caracas, y ni siquiera en diciembre, el acostumbrado mes de tregua, deja uno de padecerlo.

Por eso recibo este frescor con mucha gratitud… sin brillo en la cara… con el pelo suelto y oloroso a hierbabuena.

miércoles, 23 de febrero de 2011

La gota que derramó… mi hermano

Nunca lo forcé a hacer mi voluntad… lo convencía a punta de astucia y elocuencia.

Mi hermano me miraba asombrado mientras yo dibujaba los planos de nuestras aventuras. Si los ángeles de la guarda existen, el que cuidaba a César, de seguro ganaría el primer premio celestial. Es un milagro que superara la infancia en una sola pieza.

- César, ¿quieres volar?

- Los niños no podemos volar Juli.- Respondió con cara de susto.

- Lo que pasa es que tú tienes seis añitos y no sabes nada. - Repliqué yo con la cara de sobrada por la ventaja que me daba tener un año más de edad. -Yo tengo la fórmula secreta para convertir nuestros colchones en paracaídas mágicos.

- ¿En serio Juli? – El brillo de sus ojos me indicaba que había mordido el anzuelo.

- ¡Claro bobo! Tienes suerte de tenerme como hermana, yo te voy a enseñar el truco… ven ayúdame.

Nos tomó mucho esfuerzo sacar los colchones “mágicos” de las camas, arrastrarlos hasta el jardín y colocarlos justo debajo del alero más alto del techo de la casa.

     Aterrado de vértigo me preguntaba una y otra vez  si estaba segura que el colchón era mágico, yo con mi cara de “yonofuí” le repetía las instrucciones: “Lo que tienes que hacer es concentrarte y decir el hechizo… apunta y salta. No te va a pasar nada porque el colchón es como la alfombra de Aladino y te va a atajar… ¡Te lo garantizo!”

Por supuesto, cuando llegó mi turno de “volar” tuve que inventar que el colchón solo tenía poder para una sola atrapada, y como yo era muy generosa, le había regalado mi viaje. Gracias a Dios que la casa tenía un solo piso y que Cesarín tuvo tino al lanzarse.

….

Todos los días, antes de que sonara el timbre de entrada al colegio, yo me había gastado el dinero de la merienda “Dios proveerá”, pensaba sonriente. Claro, Dios me había provisto de un hermano planificador, que guardaba la mitad del dinero para comprar dulces y darse gusto en la tarde a la hora de las comiquitas. Yo todos los días me convertía en una suerte de mini- Sherezade y me las arreglaba para que el muy inocentón cayera, mil y una veces, en la trampa que lo despojaba de su merienda.

Yo no advertía que César crecía, así como el agravio, gota a gota se iba colmando… y aquél día rebosó.

- ¿Qué te compraste hoy hermano? Indagué para tejer mi red del día.

- Un sobre de Kool Aid. Hice heladitos. ¡Pero no te los vayas a comer, o te acuso con Mamá! – Advirtió como era su costumbre.

Me la había puesto facilita, pensé, ni siquiera tendría que hacer el esfuerzo de planear una treta…

….

Lamía el helado… tenía un gustillo raro… otra probadita… definitivamente quedaba un dejo extraño en la boca… no atinaba a definirlo… Mmmmm.

- ¡César! Grité ¿De qué sabor era el Kool Aid que compraste?

Me miró fijamente. Tenía una expresión en la cara que nunca antes le había visto. Me imagino que él, a su modo, también degustaba algo nuevo y dulce: La venganza.

- Sabor a pipí hermana ¿Te gusta?








































sábado, 19 de febrero de 2011

El anillo. Tarea para el Taller.

Darío tenía 7 años trabajando como mesero en La Castañuela. Todos los días bregaba con el pesado turno de la noche. Llegaba a su rancho de madrugada, agotado y apestoso a Tasca. Se daba un baño de gato con la poca agua que tenía almacenada en un pipote, y se apresuraba a dormir para poder soñar en el día en que cambiaría su suerte.

Los días de Darío se pegaban unos con otros formando una noria pesada y perpetua que lo arrastraba por la vida. Él fantaseaba incesantemente con obtener la anhelada cuota inicial que le permitiría mudarse a una casita propia en Guatire.

….

Al llegar a su trabajo, vistió las mesas, pulió los cubiertos, dobló las servilletas de tela a modo de flor y comenzó a barrer; mientras lo hacía pensaba: – No sé para qué me mandan a barrer esta vaina, si en un pestañeo, llegará el zoológico de clientes a picotear como gallinas… y el suelo será una alfombra de migas” Seguía barriendo a la vez que refunfuñaba mentalmente. – ¡Pero no importa! ¡El esclavo Darío está siempre pendiente del suelo!”.

La algarabía del lugar indicaba que la noche estaba en su apogeo. El capitán, guiaba un nuevo grupo de comensales a la mesa asignada. Darío, los seguía sin apartar los ojos del trasero del mujeron que acompañaba a los recién llegados. Los ayudó a sentarse y fue a buscar los menús… En cámara lenta Darío presenció el momento exacto en el que el gran anillo de brillantes cayó al piso.

Miró a ambos lados. Nadie parecía haberse dado cuenta de la joya perdida. Disimuladamente le dio un puntapié a la sortija; ésta rodó hasta llegar a la pared y quedar oculta tras las patas del mueble auxiliar, de donde Darío tomó las cartas.

Sudaba frío. De reojo veía la confusión frenética en la mesa de al lado. Sabía lo que buscaban. Los latidos del corazón le martillaban el pecho. Entregó el menú a la bella mujer, prosiguió con los caballeros de rasgos extranjeros. Con todas sus fuerzas contenía el temblor de sus manos.

– !Cálmate! – Ordenaba mentalmente.

Darío ofreció la carta al más joven de los comensales. El muchacho lo dejó con la mano extendida, algo lo distraía, tenía la mirada clavada exactamente en el rincón donde Darío ocultaba el tesoro.

Pálido, Darío aullaba en silencio: – Ni lo pienses patiquincito, ese anillo es mío. ¡Epa! ¿A dónde vas? ¡No! ¡No te levantes!.

Darío intentó adelantarse al muchacho, pero era demasiado tarde, el joven tenía el anillo en la mano y se lo devolvía a su dueña que, entre risas y llantos, gratificaba al superhéroe de la noche enviándole una botella de champagne y haciéndose cargo de la cuenta de sus invitados.

Darío miraba la escena atónito… Trataba en vano de sobreponerse a la rabia de ver como el patiquín, a punta de honradez, le había arrebatado el boleto de salida del barrio.



Caracteres: 2.794
























jueves, 17 de febrero de 2011

Letras


Las letras me recitan alas y vuelo alto



Me narran un sueño vasto


Me entonan ilusiones


Me hacen viento emancipado


Me surcan sonrisas


Me brotan lágrimas


Ellas pulsan latidos


Las letras me hacen feliz…