martes, 19 de febrero de 2013

No está en la vitrina


El domingo pasado regresaba de un banquete literario digno de dioses y editores: el HAY Festival en Cartagena de Indias. Iba flotando, digamos, en una nube de versos, reflexiones lúcidas y acentos castellanos que se me habían colado entre los poros. Mi esposo y yo hacíamos escala en el flamante aeropuerto El Dorado, en Bogotá, rumbo a nuestro destino final: Caracas.

Caminábamos absortos en conversación, entre pasillos relucientes y Duty Frees tentadores, cuando me topé con una vitrina que detuvo mi paso y mi habla. Un pequeño museo del absurdo: rollos de cinta adhesiva, tijeras, papel film, desodorantes tamaño familiar, una plancha de pelo y, cómo no, un martillo. Todos objetos claramente peligrosísimos a bordo de un avión, y merecedores de ser exhibidos como armas de destrucción masiva.

Avanzamos hacia el siguiente punto de control. Allí, en el altar del detector de metales, tocaba el ritual: bolsos, monedas, celulares, y la dignidad, todo sobre la cinta. Me ubiqué detrás de dos señoras de mediana edad, turistas discretas. Colocaron sus maletas, yo las mías. Ellas pasaron por el arco. Iba a hacerlo yo, cuando el agente de seguridad, que vigilaba los rayos equis con una seriedad de neurocirujano, hizo una seña a su compañero. Que abriera la maleta de la primera señora.

Y así quedé yo, detenida en medio del detector, como testigo privilegiada —o secuestrada— de la escena.

El agente procedió a un cateo tan exhaustivo que parecía buscar el Santo Grial entre las camisas. La mujer, cada vez más pálida, respondía con monosílabos a las preguntas del uniformado, que husmeaba con fervor casi místico. Hasta que... lo encontró.

Sus ojos se iluminaron con el destello de una epifanía: de entre la ropa sacó dos vibradores rosados, como si fuesen joyas contrabandeadas desde Sodoma y Gomorra. Los alzó con teatralidad obscena y, como quien encuentra una reliquia, comenzó a reír a carcajadas. Invitó a sus compañeros al festín visual. "¿Le gustan chiquitos, señora?", preguntó, agitando los objetos con sorna. La mujer, ya en trance de evaporación, no supo qué decir. Su amiga intervino, con la voz temblorosa, suplicando que guardaran eso, que por favor no la humillaran más.

Pero el agente, henchido de testosterona y poder de repisa de pasillo, no se detuvo. Cuanto más rogaban las mujeres, más alto era su volumen, su chiste, su falta de vergüenza.

Indignada, sentí que el alma se me subía al dedo índice. Abrí la boca, dispuesta a interpelar a aquel tribunal de la infamia. Pero mi esposo, previendo el incendio diplomático que estaba por desatarse, me sujetó el brazo con firmeza y dijo entre dientes:
—Ni se te ocurra, Julieta. Ese no es tu problema.

Y ahí me quedé, arrastrada por el brazo y la cordura ajena, viendo cómo se desvanecía en la distancia esa escena digna de Kafka con libido.

Lo único que pude hacer —lo juro— fue proclamar, a modo de juicio final, mientras me alejaba con los zapatos en una mano y la furia en la otra:

—¡Objeción! ¡Objeción! ¡El vibrador no está en la vitrina de objetos prohibidos!

Versión original 19 de febrero de 2013
Versión revisada 24 de agosto de 2025


    

miércoles, 31 de octubre de 2012

Montaña rusa


Allí,
frente al espejo,
como cada día,
pasé revista:

una a una,
las canas,
las arrugas,
las manchas
que el tiempo va bordando
con hilo de sombra y sal.

Y de pronto,
como una honda expansiva
de tiempo líquido,
me estalló en la cara
la vejez —
silenciosa,
inevitable.

Entonces, declaré:
Soy vieja.
Y decidí,
sin lágrimas ni drama:
no volveré a subir
a una montaña rusa.

Versión original 31 de octubre de 2012
Versión revisada 24 de agosto 2025

viernes, 6 de julio de 2012

Sólo un quesillo



 Hice un quesillo.

Cociné espárragos al vapor, preparé una salsa holandesa que no se cortó —milagro de la alquimia y la paciencia—. Arreglé flores, elegí manteles, dispuse cubiertos y alineé copas como si se tratara de una cena de embajadores. Horneé escargots. Rebané pan fresco y lo dispuse junto al queso curado, al casabe, a las galletas artesanales y al jamón serrano.

Lavé platos. Llevé a nuestro hijo al centro comercial. Regresé. Lavé más platos. Bajé seis veces a abrir la puerta a nuevos invitados, cada uno más sonriente que el anterior. Otro viaje al centro, esta vez para recoger al hijo. Volví. Me esperaban más platos.

Me despedí de cada uno de los invitados con una sonrisa pulida, recogí botellas vacías, copas con huellas de labios ajenos, vajilla sucia, sartenes, ollas, ceniceros. Lavé la montaña de loza, la sequé, limpié mesas, barrí migas, boté bolsas de basura, sacudí cojines vencidos por cuerpos ajenos, apagué la música que aún sonaba como si la fiesta no quisiera irse.

Estiré mi espalda y, al final, soplé la última vela.

Entré a la habitación. Dormías con el televisor encendido. Te arropé. Tu respiración era tranquila, como si nada hubiera ocurrido.

Entonces recordé: unas horas antes, tu anuncio ligero, tu sonrisa diplomática, tus palabras como caricias de humo:
—Invité a un par de amigos a tomar una botella de vino. No pongas esa cara. Yo me encargo de todo. Tú solo haz un quesillo.

Solo un quesillo.

lunes, 2 de julio de 2012

Chatarra



Regreso lento a casa, y el suelo me ofrece su colección de fragmentos: tuercas, arandelas, tornillos. Me detengo, recojo cada pieza, las guardo en mis bolsillos que se llenan de chatarra inútil y silenciosa.

¿De qué autómata caen estos restos? ¿De qué mente se desprendieron?

Un susurro fugaz atraviesa mi pensamiento: quizás fui yo quien, sin saberlo, perdió en la ida los engranajes que hoy intento recoger en el retorno, como un náufrago reuniendo su cuerpo roto.

Versión original 02 de julio de 2012
Versión revisada 24 de agosto 2025

miércoles, 4 de enero de 2012

Sal

Se aferró a cada letra,

a cada palabra,

a cada poesía,

apretó fuerte los puños

para salvarlas del mar.

Allí, ante sus ojos llovizna

se convirtió en sal.

jueves, 18 de agosto de 2011

Encuentro cercano con un pollo

Tengo 20 años de matrimonio, dos hijos grandes y, créanme, he desarrollado un doctorado en oficios del hogar. Y eso que nunca he contratado servicio fijo, así que si me dieran un diploma por aguantar cosas asquerosas, ya tendría estante propio.

Les cuento esto para que entiendan que mi nivel de “anti-glamour” en las tareas domésticas es altísimo. He pasado por cada tragedia que podría desmayar a alguien con estómago delicado, pero con años de vuelo y mucha práctica pensé que ya estaba curtida... hasta ayer.

He cambiado montañas de pañales que podrían tener su propio código postal, limpiado el asiento trasero del carro después de mareos épicos rumbo a Choroní, destapado váteres que parecían bombas biológicas, lavado acuarios donde el pobre pescadito decidió flotar panza arriba (RIP), fregado tiestos putrefactos en tumbas familiares, pelado mil camarones con paciencia de monja, y hasta regresado de viajes para enfrentarme a la nevera podrida, ese cementerio helado de alimentos olvidados.

Pero, amigas y amigos, ayer me tocó la faena que jamás imaginé: comprar un pollo entero y… quitarle la piel. Sí, yo, con 20 años de cocina a cuestas, no estaba preparada para despellejar un ave con mis propias manos.

Ahí estaba el pollo, sin cabeza, sin patas, con una piel amarilla llena de volcanes microscópicos donde antes hubo plumas. Me dije a mí misma con voz de coach motivacional:
—“¿Qué es esto, Julieta? ¿Te vas a amilanar ahora?”

Respiré profundo y empecé la operación amputación de cuello. Al romper el buche, me encontré con restos de la última cena del pobre pollito. Me aferré a un colgajo resbaloso de piel amarilla y tiré con fuerza. Amigas, fue lo más repugnante que he hecho en mi vida... hasta que llegué al ala.

Ahí tuve que fracturar la coyuntura, romper huesos con tijera para liberar esa manga de pellejo gelatinoso que parecía una película de terror en cámara lenta. Hice lo mismo del otro lado y cuando pensé que ya había terminado, apareció el atasco final en el... ¿trasero del animal?

Saqué mi cuchillo de carnicero y, con la serenidad de una cirujana en plena operación, hice el corte final.

El pollo, ahora desnudo y sin piel, me miraba como diciendo “¿y ahora qué?”. Lo lavé, lo froté con limón, lo sazoné y lo mandé al horno. Mi familia devoró la nueva receta con gusto.

Yo, por supuesto, no probé ni un bocado.

Y así, queridas y queridos, me declaro oficialmente vegetariana.

Versión original 19 de agosto de 2011
Versión revisada 24 de agosto 2025


miércoles, 17 de agosto de 2011

El apuesto Bwin

No me gustan los deportes. No los entiendo, no les veo ni pizca de gracia, y el fútbol, uff, ese es el Everest de mi incomprensión. Los mundiales son como una pesadilla de colores y gritos, y los días de partido, todo el mundo parece poseído por una especie de hipnosis colectiva mientras yo floto en mi propio planeta, probablemente en órbita alrededor de Marte.

Hoy, feliz y orgullosa, había terminado todos mis deberes a las cuatro de la tarde. Apenas me acomodaba en la cama para ver algo en la tele (no fútbol, obviamente), cuando suena el teléfono. Era mi amiga Loli, en modo pánico: no encontraba el canal del gran Barça contra Real Madrid, y me pedía que la acompañara a Altamar para ver el partido con “los muchachos”.

Mi primer impulso fue decir NO con mayúsculas, minúsculas y en jeroglíficos. Pero Loli es una experta en el arte del chantaje emocional, y no había argumento que resistiera su determinación. Al final, cedí. Ella, triunfante, me lanzó un consuelo de hierro:
—“¡Chica, no pongas esa cara! Tú no te preocupes, que los jugadores son colirio para los ojos. Durante el juego te refrescas la vista.”

Llegamos justo en medio del primer tiempo. Los chicos, reacomodándose como si estuvieran armando una tribu alrededor del televisor, nos hicieron un lugar en el círculo sagrado del fanatismo. Todos con la mirada clavada en la pantalla, completamente poseídos. Yo, cual pájaro en pradera, rendida a mi destino, me refugié en las redes sociales, buscando un respiro... pero ni allí escampó la tormenta: los comentarios solo hablaban del partido.

—“¿Verdad que son lindos? Me encanta Piqué,” me susurró Loli con tono de fanática en trance.

—“¿Quién?” —Pregunté con cara de absoluta novata.

—“¡El novio de Shakira, chica!” —dijo mirando al techo, como invocando fuerzas. Luego, con tono retador, añadió:
—“¿Y a ti cuál te gusta?”

Señalé al televisor tratando de disimular:
—“Ese, el alto de barba, el de uniforme blanco.”

Loli me miró incrédula y preguntó:
—“¿Cuál?”

—“¡Bwin!” —solté sin dudar, convencida de que había descubierto un nombre súper futbolero.

La carcajada de Loli fue tan estruendosa que casi nos sacan del sitio por interrumpir el sagrado ritual con nuestras risas.


Aclaro para quienes se pregunten quién es ese tal Bwin: después de aguantar dos horas de risas y burlas por mi ignorancia, aprendí que Bwin es el patrocinador del Real Madrid, por eso aparece gigante en las camisetas.

Y ese guapetón que me distrajo todo el partido es Xabi Alonso, pero para mí, siempre será el apuesto... Bwin



Versión original 18 de agosto de 2011
Versión revisada 24 de agosto 2025