sábado, 12 de julio de 2014

La Cita de Andrés Eloy Blanco


Pinar arriba,
pinar abajo,
la nube, el pinar, el viento,
la tarde y yo te esperamos.

¡Cómo tardas!
tú siempre ofreces tempranos
y siempre pagas con tardes.
Me van a crecer los pinos
esperándote.

La próxima vez,
ya sé a qué atenerme;
te voy a hacer esperar
una hora, sola, sola,
para que sepas entonces
cuántos pinos tiene una hora.

Ya se fastidió la nube;
se está lloviendo por dentro.
Eres mala;
a una nube de agua dulce
volverla de agua salada.

La próxima vez,
esperaré a que llueva a chorros;
ya te contará la nube
cómo esperamos nosotros
y nunca sabrás si el agua que te pasó por los labios
te la lloraron las nubes
o te la llovieron los ojos.

Ya se va el viento, diciendo
malas palabras de monte;
ya verás, cuando tú esperes, esperando y solitaria,
te dirá el viento unas cosas que te pondrán colorada.

Ahora se va la tarde;
se le está poniendo oscura la pena de horizonte;
ya verás, cuando estés sola,
y en un adiós de la tarde te quedes sola en la noche.

Se va el pinar, se está yendo
revuelto el verde hasta un negro
que se hace nube y se encoge
y se agavilla y se expande,
verde, negro, verde, gris
y no se va pino a pino,
sino que se hace una cosa
de pinos que va a dormir.

Y yo ¿qué estoy esperando?
ya me voy, solo. Eres mala;
a una tarde, hacerla noche,
a un pinar, hacerlo nube,
a una nube de agua dulce
hacerla de agua salada,
Ya me voy. ¡Pero aquí estás!
¡La tarde está regresando!
¡mira el viento! ¡se ve el viento!
¡la nube está echando lirios!
mira el pinar, cómo viene,
pino a pino, pino a pino…

domingo, 1 de diciembre de 2013

Escena cíclope


 
     Traté de voltear a otra parte. Es de mala educación —por decir lo menos—quedársele viendo fijamente a alguien. Pero no pude, mi mirada se negaba a apartarse de aquella lupa gigante que brillaba fuera de contexto, aquella que magnificaba un ojo envejecido y que hacía lucir al anciano que estaba del otro lado del cristal, como un cíclope mitológico.

     Lo vi desde la distancia y aunque intenté no fisgonear, a medida que me acercaba a las mesas de la panadería, la voz entrometida que vive en mi cabeza se empeñaba en adivinar qué estaba haciendo el viejo, qué lo tenía tan absorto.      

     «¿Estará tasando una joya? ¿De dónde habrá sacado una lupa tan grande? —Me preguntaba, pero en seguida surgía una cadeneta de interrogantes que descartaban mi deducción sherlockholminística— : ¿En una panadería? ¿Con el hampa desatada en Caracas? No, no debe tratarse de una prenda»

     Todas mis expectativas, mis suposiciones y mis inferencias se esfumaron en el momento en que el espejismo se aclaró. Una carcajada hizo que todos voltearan, incluido el ojo del cíclope, quien desvió su atención de  la valiosísima alhaja que inspeccionaba con su estrambótica lupa:

Un mensaje de texto en su teléfono.

lunes, 15 de abril de 2013

Fragmento de diálogo imaginario con un chavista


 


— Mi nombre es Julieta Buitrago, yo soy venezolana, y yo también soy parte del pueblo.

—¿Tienes dinero para hacer mercado?

—Cada día me cuesta más, y compro menos, pero si, si tengo.

—Entonces no eres pueblo. Si no vas a Mercal, no eres pueblo.

—¿Cómo que no soy pueblo? Yo también soy hija de esta patria. Yo quiero progresar, construir país, prosperar. Quiero seguridad para mis hijos, quiero vivir en democracia, quiero que las instituciones funcionen.

—¿Tienes dinero para meter a tus hijos en colegios privados?

—Me gustaría que tuvieran la oportunidad de una educación de primera sin tener que pagar, pero en un colegio público sólo estarían expuestos a la coerción del régimen.

—Entonces eres burguesa.

—¿Cómo se atreve a llamarme burguesa? Me cuesta mucho trabajo darle a mis hijos una educación integral. Es la única herencia que puedo dejarles.

—¿Tienes casa propia? ¿Tienes carro? ¿Tienes visa americana?

—Con muchísimo trabajo, sí, sí y sí

—Ya te lo dije, no eres pueblo, perteneces a la burguesía rancia de este país.

—¿Cómo se atreve a desconocerme como parte del pueblo?

—Fácil, si tienes trabajo, casa, carro, educación, si no tienes razones para vestirte de rojo, si el Estado no puede chantajearte para que agaches la cabeza, so pena de quitarte las migajas que te dieron; si piensas por ti misma, si disientes, si no crees en pajaritos preñados… entonces eres escuálida, oligarca, burguesita, majunche, enemiga de la patria, y no, no eres parte del pueblo.

.     .     .     .     .

Yo soy Julieta Buitrago, venezolana, de este domicilio. Yo existo, yo soy hija de este país, yo soy parte del pueblo. Venezuela me duele y nadie me va a quitar mis derechos.

martes, 19 de febrero de 2013

No está en la vitrina


     El domingo pasado regresaba de un verdadero banquete literario en Cartagena de Indias.  Había tenido la suerte de poder asistir en primera fila al HAY Festival 2013. El avión hizo escala en el recién renovado aeropuerto  El Dorado en Bogotá y caminaba, junto a mi esposo rumbo al trasbordo que nos llevaría a nuestro destino final: Caracas.

     No prestaba mucha atención a lo que ocurría a mi alrededor pues la conversación era amena, sin embargo, al llegar al primer punto de chequeo  capturó mi ojo  una especie de vitrina llena de objetos: botellas, herramientas, rollos de papel film, cinta adhesiva, tijeras, etc. Me quedé un rato mirando el pequeño aparador, se trataba de un muestrario de objetos prohibidos dentro del equipaje de mano.

     En la siguiente sala se encontraba un segundo punto de chequeo en donde los viajeros debíamos depositar en una cinta móvil el contenido de nuestros bolsillos, carteras, bolsos de mano, etc. Me dirigí a la fila más corta, detrás de unas señoras de mediana edad. Ellas colocaron sus maletines en la cinta y, seguidamente, lo hice yo. 

     Las señoras pasaron bajo el detector de metales. Cuando iba a hacer yo lo mismo, el guardia encargado de observar el monitor de rayos equis, le hizo señas a su compañero para que requisara la maleta de la mujer que me precedía, y ahí me quedé, atascada bajo el detector de metales a modo de testigo involuntario del minucioso examen que se le hizo al equipaje.

     El guardia hacía una pregunta tras otra, al tiempo en que escudriñaba la valija como si fuera un perro antidroga. La señora respondía tímidamente y languidecía a medida que el agente se adentraba en lo profundo de la maleta.

     Los ojos del guardia brillaron, y enseguida supe que había encontrado algo. Por un momento pensé que se trataba de un alijo de estupefacientes, cuando de entre la ropa sacó dos vibradores que exhibió como trofeos, mientras invitaba a sus compañeros uniformados a ver su hallazgo. Entre risas,  el agente sopesó los falos de latex rosado  y le preguntó a la señora, que a estas alturas estaba transparente,  si le «gustaban chiquitos». La señora enmudeció y su amiga intervino, instando al agente a que guardara los vibradores, pero a medida que ambas rogaban por un poco de discreción, el guardia subía el tono de la mofa y del agravio.

     Enardecida ante el vejamen del que estaba siendo objeto la señora, respiré profundo, alcé mi dedo índice y abrí la boca en un intento de abogar por ella. Mi esposo se anticipó a mis intenciones pseudo-legislativas, me tomó del brazo y entre dientes advirtió: «Ni se te ocurra Julieta, ese no es problema tuyo». Tomó sus cosas, las mías y haló de mí, hasta que dejamos atrás  al tribunal inquisidor en pleno.

   Lo único que pude hacer a lo lejos fue proclamar, una y otra vez,  a modo de alegato final, « ¡Objeción! ¡Objeción!,  ¡el vibrador no está en la vitrina de objetos prohibidos! ».

    

miércoles, 31 de octubre de 2012

Montaña rusa


Allí frente al espejo

Hice lo que  a diario

inventario de canas,

arrugas,

y  manchas.

 

Me pegó de repente

como honda expansiva

de tiempo líquido,

la vejez en la cara

 

Declaré:

Soy vieja

decidí:

Nunca más subiré

a una montaña rusa

martes, 16 de octubre de 2012

¿Y qué nombre le pondremos? Matarile, rile, ron


¡Prohibida la palabra “fraude”! A los que osan decirla los tildan de subnormales, de no tener neuronas y mil adjetivos más que no vienen al caso. Pues bien, no lo llamen fraude si no quieren, pero pónganle un nombre, el que deseen. Bautícenlo, apódenlo, hagan algo, porque para muchos la palabra fraude podrá ser una inmensa injuria, pero ¿No les parece que usar por 14 años la maquinaria y los recursos del país para propaganda sostenida tiene un nombre?, ¿La cedulación de miles de chinos no tiene nombre?, ¿La inscripción en el REP de pilas de cubanos no tiene nombre?, ¿Obligar a los empleados públicos a votar rojo no tiene nombre?,  ¿Aterrorizar a un país con capta huellas, luego de la lista de Tascón, no tiene nombre?, ¿600.000 votos asistidos no tiene nombre?, ¿Movilizar miles de personas cuando cae la noche, para inclinar la balanza ad libitum, no tiene nombre?... y así puedo seguir por horas, añadiendo preguntas a esta larguísima lista. ¡Ja! Y si supiera de política aún más.

Y sigo con las preguntas: ¿Si sabían todo esto, cómo es posible que los líderes de la oposición aceptasen y sigan aceptando jugar bajo esas reglas y además en nombre de todos? ¿Por qué no me hablaron claro?, ¿Por qué siguen sin hablarme claro?

Ahora me pregunto a mí misma: ¿Qué hago con mi corazón partido?

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Letras y flores


     A pesar de que su padre era andino, Julia nunca había visitado el Estado Trujillo, por eso, si quería escribir sobre la geografía del lugar, no tendría otro remedio que hacer un viaje a través de Google Earth.

     Frente a ella estaba  el globo terrestre visto desde el satélite. Sólo escribió dos palabras: Trujillo y Venezuela. De pronto comenzó la imagen a acercarse  tan rápidamente que incluso pudo sentir  vértigo en su estómago.

     En sólo segundos la esfera azul se tornó verde,  como si alguien hubiese dejado caer una cámara desde el espacio sideral hacia una montaña cubierta de polvos de  esmeralda.

     Vista desde el cenit, la ciudad de Trujillo parecía una cicatriz de techos rojos que en algún momento había desgarrado el verdor del páramo venezolano para quedarse hendida en el paisaje. A medida que se acercaba al suelo podía ver, con una definición increíble, detalles como las rayas blancas que cosían  las carreteras principales o las copas de los árboles que rodeaban las plazas.

     Como un ánima virtual, sobrevoló la ciudad de Trujillo y sus cercanías, se elevó por los caminos zigzagueantes, se posó como un pájaro sobre el manto de la Virgen de la Paz, planeó hacia el equilibrio asimétrico de los sembradíos aledaños y surcó los cerros, que como una fortaleza de muros frescos, rodeaban la ciudad.

     Estaba maravillada con la belleza de ese rincón andino, pero no era suficiente verlo así, desde la distancia del computador, para poder escribir necesitaba sentir los parajes, olerlos, vivirlos como se hace cuando se toma un puñado de hierba mojada y se inhala profundo para inundar  cada poro del ser con la memoria de ese instante.

     Julia sabía que no podría hacerlo sola, para escribir necesitaba ayuda, por eso le hizo una promesa a la Virgen de la Paz,  a cambio de la gracia de la inspiración hizo el ofrecimiento solemne de dedicarle  sus escritos y de hacer el peregrinaje a su santuario. Cuando Julia estuviese frente a la virgen, se rendiría a sus pies para llevarle letras y flores… Y entonces comenzó a escribir.